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Anotaciones sobre el Mundo Latino
William Ospina

Hace poco tiempo, en Paris, interrogado por los periodistas acerca de cómo se está defendiendo Iberoamérica de la invasión cultural de la época, Gabriel García Márquez respondió que no tenía tanto la sensación de que nos estén invadiendo, sino de que somos nosotros, los latinoamericanos, quienes estamos invadiendo culturalmente al mundo. Añadió que era notable el modo como la literatura, las artes, la música, las artesanías, las costumbres, la gastronomía de nuestra América se abrían camino en el mundo contemporáneo. Es verdad: en los tiempos del llamado boom literario latinoamericano, cuyo nombre mismo es expresión de que no se trató de un fenómeno local, ya empezaba a ser notable la presencia de nuestras culturas en las sociedades del planeta, y desde entonces cada vez es más perceptible su influencia.

Pero desde los años treinta del siglo pasado, cuando el tango empezó a bailarse en Paris; desde los cuarenta, cuando el mundo de objetos infinitos y bibliotecas mágicas de Jorge Luis Borges comenzó a ser frecuentado por los franceses, cuando las orquestas de boleros y sones caribeños llevaron su ritmo por todas partes, cuando se empezó a hacer ver el cine mexicano y cuando Pablo Neruda escribió su Residencia en la tierra y su Canto General; desde los cincuenta, cuando se hicieron sentir a la vez los mambos de Pérez Prado, los cuentos y las novelas de Juan Rulfo y los comienzos románticos de la revolución cubana; y desde los años sesenta, cuando Julio Cortázar, Jorge Amado, Mario Vargas Llosa, Joao Guimaraes Rosa, Carlos Fuentes, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Ernesto Sábato, Ernesto Cardenal, Miguel Ángel Asturias y el propio Gabriel García Márquez se convirtieron en nuestros mayores escritores del siglo, y algunos de ellos en verdadera leyendas vivientes, la progresión no ha dejado de crecer.

Un fenómeno que se daba paralelamente se nos hizo cada vez más visible: que también las artes plásticas de Latinoamérica se habían ido abriendo camino en el mundo occidental, desde los tiempos de los grandes muralistas mexicanos y de los artistas uruguayos Pedro Figari y Torres García, pasando por Frida Kahlo, Remedios Varo, Edgar Negret, Eduardo Ramírez Villamizar, Armando Reverón, Soto, Cuevas, Guayasamín, de Szyslo, Bravo, Obregón, Caballero o Morales, entre tantos otros, y alcanzando la fama legendaria con nombres como Orozco, Diego Rivera, Wilfredo Lam o Fernando Botero. Ya en los años cincuenta los libros de Pedro Henríquez Ureña, el gran polígrafo dominicano, mostraban el fresco colosal de una cultura literaria y estética continental por completo interdependiente, que abarcaba por supuesto también al Brasil, y mencionaban además la excelencia de compositores como Carlos Chávez de México, autor de notables piezas sinfónicas, como el argentino Alberto Ginastera, autor de una célebre ópera inspirada en la novela Bomarzo de Manuel Mujica Laínez, o como el maestro brasilero Héitor Villalobos, cuyos insólitos ensambles de instrumentos y cuyos cuartetos de cuerdas han marcado época en la música contemporánea.

Pero, por supuesto, esa presencia nuestra en el mundo es más inmediatamente perceptible en la muchedumbre de los rostros mestizos que llenan las ciudades de los Estados Unidos, en los chicanos de Los Ángeles, en los restaurantes de comida mexicana o peruana o cubana que abundan en Nueva York y en Miami, en los conjuntos de música andina que tocan en los pasillos del metro de Paris, en esos barcos anclados en el Támesis, no lejos del Big Ben, donde enjambres de colombianos incorregibles toman aguardiente y oyen canciones de despecho, en el hecho de que las cadenas de televisión con más audiencia en los Estados Unidos son las llamadas cadenas hispanas.

Ello se debe por igual a que cada vez hay más emigrantes latinoamericanos, y también a que el proceso de intercomunicación planetaria favorece, necesariamente, a quienes tengan más cosas por mostrar y por decir, y la diversidad cultural latinoamericana es una de las más notables, aunque todavía no de las más conocidas, del mundo. Esos inmigrantes llegaron por oleadas a Europa y a los Estados Unidos: los cubanos del exilio, los mexicanos en busca de trabajo, los chilenos arrojados por Pinochet, los argentinos y uruguayos perseguidos por sus dictaduras, los colombianos expulsados por la violencia en esta frontera de siglos, los brasileros, portorriqueños, dominicanos, peruanos, que buscan un futuro mejor en los países ricos, y que creyendo llevar solamente sus necesidades y sus ilusiones llevan también consigo sus lenguas, sus tradiciones, sus costumbres, y una nostalgia singular con espíritu de bolero y de son y de tango, una nostalgia curiosa que no parecen sentir los ingleses, los franceses ni los italianos en su relación con su mundo de origen.

Pero qué gentes son éstas que a pesar de su enorme diversidad son percibidas por el mundo como un solo pueblo, y han merecido, por una de esas curiosas volteretas en que se complace la historia, heredar el nombre de una de las más ilustres tradiciones culturales del planeta, hasta ser llamados, genéricamente, los latinos? Interrogar su génesis es asomarnos al más decisivo de los hechos históricos de la modernidad, es mirar en el corazón de Occidente y ver una edad de hierro y sangre que lenta e inexorablemente, al ritmo de sus agonías y de sus esperanzas, se va cambiando en elocuencia y en música.

Cuando hablamos del Descubrimiento de América, tendemos a mirarlo como un momento histórico y como un hecho geográfico, el ápice de la fortuna en la edad de los descubrimientos, el instante en que las dos caras del planeta, hasta entonces totalmente separadas, se miraron por primera vez. Resulta asombroso pensar que hasta hace apenas cinco siglos el océano Atlántico, que es hoy la ruta de muchas de nuestras migraciones, era una extensión marina que prácticamente nunca había sido visitada por los seres humanos. Algún dragón perdido de esos incansables viajeros, los vikingos, había tocado las costas de Terranova, y había dejado olvidadas unas monedas de plata en sus bosques, pero la aventura descubridora de los nórdicos no dejó huellas en la historia. El descubrimiento español marcó más tarde el comienzo del más grande imperio conocido hasta entonces, e hizo decir a Carlos V que en sus dominios no se ocultaba el sol, pues cuando se ponía sobre las sierras doradas de California ya estaba alboreando sobre las islas filipinas y cuando se ocultaba en Manila estaba asomando sobre los últimos pinares de Alemania.

Pero América no fue un punto más de llegada de los europeos. Fue en muchos sentidos una prolongación de su civilización, y unió su destino al destino de Europa de un modo que nunca se cumplió plenamente ni en Asia ni en África. Ni Alejandro helenizó a Persia, ni Julio César romanizó a Egipto, ni Roma latinizó a Cartago ni al Asia menor, y la verdad es que después ni los ingleses europeizaron a la India y la China, ni los franceses lograron llevar el espíritu cartesiano a la península indochina. A partir del descubrimiento, América fue un laboratorio de mezclas étnicas y de fusiones culturales vasto y complejo, aunque durante mucho tiempo esas convergencias y esas fusiones estuvieron por fuera de la mirada y de la conciencia de la gran cultura occidental. Para Europa, América significó una súbita expansión del territorio disponible, y la verdad es que en poco más de cuatro siglos llegaron aquí unos cien millones de inmigrantes. Hoy son nuestros países los que envían sus desplazados y sus desheredados en busca de futuro a tierras más afortunadas, pero conviene no olvidar que América fue en otros tiempos el refugio de la humanidad, y que en nuestro continente encontraron su hogar y su destino millones de seres humanos desterrados por el hambre, las guerras y las tiranías.

Tal vez nunca en la historia se produjeron tan masivos desplazamientos de seres humanos, como los que vinieron a América, ni siquiera cuando las hordas de indoeuropeos avanzaron ocupando Europa, ni cuando el Imperio Romano se apoderó del mundo conocido, ni cuando los moros ocuparon los confines al norte del mediterráneo, ni cuando las huestes de Gengis Kahn arrasaron el Asia. Los españoles ocuparon el Caribe, avanzaron sobre los reinos de los aztecas en 1521, de los Incas en 1532 y de los Chibchas en 1538, después los portugueses ocuparon la extensísima región brasilera, y sólo un siglo después del descubrimiento, cuando ya el Caribe, los antiguos territorios de los imperios nativos, y estas regiones nuestras de Tierra Firme estaban ocupados por los conquistadores, empezó el proceso de colonización del territorio norteamericano. En los Estados Unidos y el Canadá las poblaciones nativas fueron prácticamente exterminadas, y por ello la colonización consistió en un traslado de vastas poblaciones a un mundo rico que nunca había sido explotado; en la América azteca, caribeña, inca, equinoccial y meridional, grandes regiones conservaron su mayoritaria población indígena, todas recibieron el abundante aporte de los pueblos ibéricos, y otras vivieron la gradual incorporación del mundo africano, pues muy posiblemente sólo de África fueron traídos a nuestro continente en condición de esclavos, unos quince millones de personas.

Esto marcó la principal diferencia entre los mundos del norte y del sur del continente americano: se diría que el norte se convirtió en una prolongación sin sombras de la cultura europea, ensombrecida por la esclavitud, aunque renovada por la sensación bíblica de estar poblando la tierra prometida, y por la conciencia adánica de estar comenzando un mundo. En ninguna parte resuena tan fuertemente ese grito de novedad, esa sensación de aurora, y casi se diría, ese rumor de paraíso, como en la obra del gran poeta del mundo nuevo, Walt Whitman, el hijo de Manhattan. La América Latina, mientras tributaba por tres siglos sus riquezas a Europa, vivió algo muy distinto, la fusión en distintos grados de las culturas de los tres continentes, que formaron nuestro primer gran mosaico cultural. Países mayoritariamente blancos de origen europeo, como Argentina, Uruguay y hasta cierto punto Chile. Países mayoritariamente indígenas, como México, Guatemala, Ecuador, Perú y Bolivia. Países mayoritariamente mulatos, como Brasil, Cuba, República Dominicana, Haití, o Jamaica. Y países mestizos, como Colombia o Nicaragua, que no son ni mayoritariamente blancos, ni indígenas, ni africanos, sino que presentan una gran cantidad de mezclas raciales y culturales.

En la antigüedad Roma había sido un imperio vastísimo, y había llevado a todos los pueblos la gran lengua latina y a muchos de sus habitantes la condición de civitas, de ciudadano. Pero a su caída sobrevino una edad de desintegración, donde los pueblos se encerraron cada uno en sus fronteras, las grandes rutas continentales fueron abandonadas, la economía y la política asumieron formas locales, y se llenaron de salteadores y de peligros bosques y caminos, propiciando durante siglos, gracias al aislamiento, la desmembración de la lengua común en dialectos regionales. Así surgieron el español, de la mezcla del latín con los idiomas celtíberos, el portugués, como forma particular del latín en las orillas de Iberia, así surgió el francés, que alió al latín con las lenguas gálicas, así surgió el toscano, como forma popular del latín en la región central de Italia, y así surgió el rumano, de la mezcla del latín con las lenguas eslavas. Hasta el inglés, una derivación del antiguo anglosajón, se cargó de vocablos de origen latino, ya que las islas Británicas habían sido el último confín del imperio romano. Y fue así como desapareció del mundo una gran lengua de civilización, no por muerte, sino por fragmentación en dialectos locales. Sin embargo, los caminos de la historia son complejos e impredecibles: nadie podía pensar en tiempos en que agonizaba el imperio romano y se fortalecían los dialectos romances, que algunos de ellos llegarían a ser, mil años después, otra vez grandes lenguas planetarias. De ellas ninguna ha tenido la curiosa suerte que tuvieron el español y el portugués.

Pero es que con la formación del gran imperio ibérico de Carlos V en el siglo XVI, también se sentaron las bases de la nueva era económica, al nacer, gracias al tráfico de metales de América, el comercio mundial. Por ello, cuando el imperio se desintegró, al llegar a comienzos del siglo XIX la independencia de las naciones iberoamericanas, los países no se aislaron plenamente como en tiempos de la declinación de Roma, y el creciente fenómeno de la globalización nos ha encontrado en posesión de unas lenguas comunes vigorosas y enriquecidas. Ahora bien, pocas historias tan ejemplares como la del enriquecimiento de esas lenguas.

La lengua latina en España había producido algunas de las expresiones literarias más altas de su tiempo, las obras poéticas y filosóficas de Lucano y de Séneca. Nada sorprendente para una región que también había regenerado políticamente al Imperio al dar nacimiento a los grandes emperadores Trajano y Adriano, que fueron luz de su época. Pero después de la caída del Imperio, el primer gran aporte ajeno fue la algarabía. La palabra algarabía significa hoy para nosotros un bullicio incomprensible, pero originalmente era simplemente el nombre de la lengua árabe. Cuando el Islam trajo sus arquitecturas refinadas, sus salas con surtidores, sus filósofos y sus dromedarios a las sequedades de Granada y de Córdoba, y durante siete siglos proyectó su refinamiento sobre la cultura cristiana, fue dejando también en el idioma vecino las sonoridades de su lengua. Esta influencia llenó de una musicalidad nueva la poesía española, así como enriqueció unas posibilidades filosóficas que después fueron largamente frustradas por el dogmatismo cristiano y por los garfios de sus tribunales de la Inquisición. Europa era bárbara cuando el Islam era una civilización refinada, cuyos fisiólogos establecieron algunos fundamentos de la medicina moderna, cuyos matemáticos eran los más destacados de la época, cuyos filósofos Averroes y Avicena recuperaron la obra de Aristóteles, olvidada por Occidente, cuyos cuentistas trajeron tonos fantásticos a una imaginación excesivamente restringida por la iglesia y por el espíritu aldeano. Tal vez haya sido un vestigio de la poesía árabe, que venera la musicalidad en el lenguaje como una virtud en sí misma, no tributaria necesariamente de un sentido, al modo como los arabescos son música pictórica y no representación de imágenes ni de ideas, lo que permitió el surgimiento de aventuras poéticas como la de Góngora, tejedor de cristales y caprichoso arquitecto verbal.

Pero por los tiempos mismos del Descubrimiento, los poetas Juan Boscán y Garcilaso de la Vega aceptaron el reto de un embajador veneciano para traer al español la musicalidad de la lengua italiana. Los ritmos y las formas de la poesía que habían refinado Petrarca con sus sonetos, el rumor de los trovadores con sus canciones, y Dante con los tercetos de su viaje por los pozos fétidos del infierno, por los peñascos musicales del Purgatorio y por las terrazas del Paraíso, sostenidas por columnas de justos y por alas de ángeles. Allí comenzó el siglo de oro español, que cantó al amor a la vez sensual y místico en la voz de San Juan de la Cruz, que tejió con músicas delicadas pensamientos imborrables en la voz de Fray Luis de León, que razonó hondamente y moralizó en los endecasílabos armoniosos de Quevedo, que supo ser flexible y apasionado en los versos de Lope de Vega, que construyó los períodos admirables en sonoridad y en laboriosidad de Luis de Góngora, y que finalmente recogió su fuerza expresiva y su capacidad de testificar a la vez la muerte de una época y el nacimiento de otra, al fundar en la obra de Cervantes el género literario más típico de la edad moderna: la novela.

Ya con el aporte del árabe y del italiano, la lengua había sido capaz de eternizar en el lenguaje el surgimiento mismo de la modernidad. Pero tanto el castellano como el portugués se vieron enfrentados enseguida al más grande desafío que lengua alguna hubiera vivido en toda la historia: el desafío de nombrar un mundo totalmente desconocido. Todo un continente, con sus selvas y sus ríos, con sus climas y sus cordilleras, con sus pueblos y sus culturas, con sus dioses y sus siglos, con sus cantos, sus guerras y sus mitologías emergió de pronto ante los ojos desconcertados de Europa, y aunque muchos en las cortes del viejo mundo, y aún entre los filósofos, los letrados y los poetas de entonces, no advirtieron la magnitud de los problemas y de los desafíos que ese descubrimiento planteaba para el conjunto de la civilización, la época hizo que muchos hombres, enfrentados por azar a unas tareas que normalmente no les correspondían, captaran y testimoniaran la irrupción de América en la sensibilidad de Occidente, su incorporación al universo conocido, y los muchos temas que abría para la sensibilidad, para la imaginación y para el pensamiento. Allí vio el mundo una edad en que humildes soldados se convertían en grandes creadores del lenguaje, en que los mercaderes se cambiaban en narradores, en que los aventureros hambrientos encontraban la poesía de la sangre y del oro.

Muchos historiadores se han preguntado por qué fueron tan pocos los grandes sabios y los grandes escritores de Europa que vinieron a vivir la experiencia directa del mundo americano, y por qué tuvieron que ser casi siempre unos guerreros de mediana cultura y unos cronistas de formación nada exquisita a quienes les fue dado reconocer este mundo, describir el primer choque de las culturas, y conservar para los siglos el testimonio de esas auroras de sangre. El mundo sabe improvisar sus poetas y sus conductores cuando los necesita. Dadas las circunstancias de la época, dados los dogmatismos y los rigores de la Inquisición, yo me atrevo a pensar que no estuvo tan mal que hubieran sido esos personajes modestos en su formación quienes tejieron el vasto cosmos de las crónicas de Indias y pintaron el sangriento tapiz de la época. Tal vez los filósofos y los sabios, formados en una más rígida tradición que los inexpertos escribanos y que los aventureros desprevenidos, habrían visto menos de lo que vieron los cronistas, y tal vez lo habrían inscrito en un lenguaje más adocenado por las formalidades de la época, de un modo menos perceptivo. Muchos cronistas de Indias, como muchos de los autores de las sagas guerreras de Islandia, tomaban sus recursos de la vida más que de los hábitos de la tradición, y eran enormemente inventivos porque sus giros literarios a menudo se los imponía el vértigo mismo de los hechos. Lo cierto es que gracias a esos autores, a Bernal Díaz del Castillo y a Gonzalo Fernández de Oviedo, a Bartolomé de las Casas y a Cieza de León, a Juan de Castellanos y a fray Pedro Simón, entre tantos memorables testigos de los primeros tiempos de América, la substancia de un mundo que no volveremos a ver y el torbellino de una época irrepetible se salvaron para la posteridad y representaron un nuevo aporte al proceso de enriquecimiento de la lengua.

Pero lo que ocurría era la formación de una nueva era mundial debida al descubrimiento de América, a la confirmación de la redondez del planeta, y a la relativización de muchas viejas verdades gracias a las preguntas que este descubrimiento traía consigo. Grandes sabios a lo largo de la historia habían sugerido e incluso demostrado la redondez del planeta, pero una cosa es pensarlo y otra cosa es vivirlo. Sólo a comienzos del siglo XVI comenzó la humanidad a vivir de verdad en una esfera, y todavía sería lenta la conquista de la conciencia de esa esfera, pues podemos afirmar que la humanidad siempre fue capaz de vivir, no en la plenitud de una cosmovisión, sino en retazos de cosmovisiones distintas, toscamente ensambladas hasta producir una ilusión de coherencia. Sólo a finales del siglo XX pudimos ver a la iglesia católica aceptando las verdades de Galileo, y el hecho tuvo ribetes sorprendentes porque la iglesia, sin duda sincera en su contrición, decidió graciosamente perdonar a Galileo, cinco siglos después, cuando lo único sensato habría sido pedirle perdón. Así que el hecho de que las verdades se demuestren no garantiza que la humanidad realmente las incorpore a su realidad cotidiana, y se diría que el mundo vive espontáneamente en una niebla mezclada de certezas y de fantasías, a las que a menudo sólo les dan coherencia los mitos.

El oro y la plata de América fueron decisivos en la consolidación de la sociedad mercantil. Más de veinte mil toneladas de plata mexicana y peruana, y una cantidad indeterminada de toneladas de oro de la Nueva Granada y de otras regiones, eran sin duda un caudal gigantesco, que corrió por las venas de Europa, y que harto contribuyó a la formación del capitalismo moderno. Todavía es conmovedor ver esas estatuas de oro de la catedral de Sevilla, en las que ingresó al culto del Dios cristiano el oro fundido de los dioses solares de América, pero fue a manos de los banqueros alemanes, de los piratas ingleses y de los mercaderes de Flandes que fue a parar la mayor parte de esa riqueza que ciertamente no hizo la fortuna de España. También sabemos que el contacto con las culturas americanas, a pesar de la barbarie con que fueron destruidas, fue la base de las meditaciones de Bartolomé de las Casas y de Francisco de Victoria, que dieron origen al Derecho humanitario, inspiró las reflexiones de Montaigne, uno de los pilares de la modernidad, estimuló la elaboración de la Utopía de Tomás Moro, hizo renacer los viejos mitos europeos: la leyenda de la Ciudad de Oro, la leyenda del País de las Amazonas, la isla de la Fuente de la Eterna Juventud, los Escollos de las Sirenas y el sueño del País de la Canela; ese mundo alimentó finalmente en Rousseau la leyenda del Buen Salvaje y el culto de la naturaleza que inspiraría los sueños y los paisajes del Romanticismo, y que sería uno de los principales estímulos para la aparición de la Etnología y la Antropología, disciplinas que han cambiado la sensibilidad de las sociedades contemporáneas.

Todo aquello era pues una plenitud, pero era también un comienzo. Donde terminaba por entonces la tarea de la España imperial, que, como diría Hegel, por estar alcanzando su cenit estaba comenzando su ocaso, allí estaba el comienzo de la aventura cultural americana, pero desde entonces pasaron siglos antes de que tanto América como la península ibérica volvieran a encontrarse en el corazón de la historia. Yo no me atrevo a afirmar que ello haya ocurrido plenamente. Yo creo que nuestras culturas se preparan para un gran porvenir, y creo que los siglos que hemos vivido han sido siglos de una compleja y desmesurada gestación, pero ya es posible advertir que Iberoamérica está dejando de ser una región marginal del mundo, y para no insistir en largos recuentos históricos, quiero simplemente reflexionar sobre algunos elementos aislados.

Uno muy importante es que a pesar de la enorme fragmentación política y económica de nuestros países, es posible advertir que cada vez que surgen grandes movimientos culturales, éstos se presentan de modo simultáneo en todo el continente. Cuando surgió la generación ilustrada que preparó la independencia, cuando se libraron las batallas de la libertad, los destinos de los grandes hombres de estas tierras fueron destinos continentales. Aquella generación de patriotas latinoamericanos conmovió al mundo, y no hay duda de que a comienzos del siglo XIX nuestros países formaron brevemente parte destacada de la historia mundial. No es sólo porque hallamos la estatua de Bolívar en el puente Alejandro III en Paris, o en el centro de una plaza de el Cairo, o en el Parque Central de Nueva York; no es sólo porque en los recuentos enciclopédicos de los grandes hechos del milenio, no por ligeros menos significativos, se advierte que los dos grandes momentos de América Latina que figuran son la Edad de la Conquista y la Edad de la Independencia; es evidente que, aunque América estaba incorporada a la historia mundial desde el descubrimiento, y era ya desde entonces inconcebible sin el aporte de Europa y de África, sólo en los últimos años del siglo XVIII y en los primeros del XIX pareció tomar conciencia de su ubicación cósmica, y pareció asumir la decisión de tomar el destino en sus manos. Hay que oir el modo como hablaba Bolívar para percibir la magnitud de su conciencia histórica y la fina percepción que tenía de su época y del modo como pertenecíamos al mundo.

Nosotros somos un pequeño género humano -escribió Bolívar en la Carta de Jamaica-; poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares, nuevo en casi todas la artes y ciencias, aunque en cierto modo viejo en los usos de la sociedad civil. Yo considero el estado actual de la América, como cuando desplomado el Imperio Romano cada desmembración formó un sistema político, conforme a sus intereses y situación o siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias o corporaciones; con esta notable diferencia, que aquellos miembros dispersos volvían a restablecer sus antiguas naciones con las alteraciones que exigían las cosas o los sucesos; mas nosotros, que apenas conservamos vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que por otra parte no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles: en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país y que mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado; no obstante que es una especie de adivinación indicar cuál será el resultado de la línea de política que la América siga, me atrevo a aventurar algunas conjeturas, que, desde luego, caracterizo de arbitrarias, dictadas por un deseo racional y no por un raciocinio probable.

Como a Humboldt, una de las cosas que más preocupaba a Bolívar era la tremenda desigualdad que se heredaba de la Colonia. En casi todos los países los pueblos indígenas habían sido despojados de su rica tradición, de su conciencia de estar en el centro de un mundo, de su dignidad, y apresuradamente convertidos en adoradores de un orden mental en el que jamás serían vistos en condiciones de igualdad. Por su tremenda arrogancia, la corona, los negociantes y la iglesia estaban dispuestos a tener súbditos, a tener siervos y a tener fieles, pero no a permitir que se diera aquí un proceso de dignificación de seres humanos, y menos aún de exaltación de seres libres, capaces de criterio y de juicio. Durante siglos la iglesia católica seguiría prohibiendo en América la lectura libre, que había sido el instrumento de la Ilustración para construir una conciencia ciudadana y un individuo responsable capaz de sostener el andamiaje de las repúblicas. Bolívar se interrogaba continuamente sobre cómo fundar un orden político en el que los siervos y los esclavos accedieran a la libertad, los criollos discriminados accedieran a la igualdad, y unos y otros accedieran a la fraternidad, principios que tan elocuentemente pregonaban en Francia los cañones de la Revolución. Pero si era difícil en Paris hacer que los franceses accedieran a la libertad, la igualdad y la fraternidad; en París, donde todos formaban parte de una nación homogénea con más de cuatro siglos de existencia unificada, cohesionados por una larga tradición, ¿qué esperar de pueblos formados por indios, criollos y negros, por mestizos, mulatos y zambos? ¿Qué esperar de esos criollos más dispuestos a conquistar notoriedad y poder que a convivir con la mulatería y con la indiada? ¿Qué esperar de esos remanentes de las viejas culturas nativas? ¿Qué hacer con esas religiones sincréticas? ¿Qué hacer con los ricos patriotas que estaban dispuestos a luchar por la independencia pero no a darles la libertad a sus muchos esclavos? ¿Qué hacer con esos mineros y hacendados que vivían de enviar sus metales y sus productos a España? ¿Qué hacer con esos comerciantes que vivían del intercambio con las metrópolis? ¿Qué hacer con los que habían aprendido los mil matices de la trampa en la burocracia, con la ya floreciente tradición del legalismo sinuoso, ese imperio de leguleyos que apretaban y volvían a apretar las tuercas de la ley para medrar de sus vacíos y parasitar de sus ambigüedades?

Se sabe que muchos indígenas se resistieron a la idea de la independencia porque temían, con razón, que los mestizos que se harían cargo de los estados podían llegar a ser más excluyentes y más despectivos con indios, negros y mulatos, que los propios españoles. También en su tiempo muchos esclavos rechazaron la idea incomprensible de que fuera abolida la esclavitud, ya que sin una amplia y larga labor pedagógica y social de cambio de valores, de construcción de una ética de la igualdad, y de ofrecimiento efectivo de oportunidades educativas, políticas, legales y económicas, la libertad de los esclavos se limitaba, como ha dicho Estanislao Zuleta, a dejarlos libres de comida y de techo.

El camino que veía Bolívar era el camino de la generosidad. Creía en la necesidad de un lento y paternal trabajo pedagógico que les enseñara a las razas, a las clases sociales, a las regiones y a las tradiciones a convivir, potenciando lo mejor de todas ellas y estableciendo ese diálogo creador en el marco de una legislación rica en garantías, que les permitiera superar en poco tiempo el trauma de un siglo de salvajes conquistas y dos siglos de arrogancia colonial: Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo sea por el momento regido por una gran república; como es imposible, no me atrevo a desearlo, y menos deseo una monarquía universal en América, porque este proyecto, sin ser útil, es también imposible. Los abusos que actualmente existen no se reformarían y nuestra regeneración sería infructuosa. Los estados americanos han menester de los cuidados de gobiernos paternales que curen las llagas y las heridas del despotismo y la guerra.

Así como había desde siempre una América caribeña, una América andina y una América amazónica, una América de los desiertos del Norte y una América de las pampas del Sur, se había ido definiendo también una América blanca, una América india y una América negra. O mejor aún, una euroamérica predominantemente blanca, como la de Argentina o Chile; una indoamérica indígena y mestiza, en México, Guatemala, Ecuador, Perú, o Bolivia, una afroamérica predominantemente negra y mulata, en Cuba, Haití, República Dominicana, Jamaica, o Brasil. Ello no significaba que todos los países no fueran mestizos en mayor o menor grado, pero de esa composición original derivaban muchos elementos que caracterizaron a sus culturas. Cada una de estas américas tendría elementos singulares qué aportar al mosaico de la civilización, y era imposible que la solución de esos conflictos se diera por el hallazgo casi mágico de un sistema político adecuado a sus necesidades. Todos los sistemas políticos son fruto de la tradición y de la experiencia, y la América mestiza era un experimento nuevo en la historia del mundo. La conquista de su independencia formal sería apenas el primer paso de una larga búsqueda que exigía el experimento de la convivencia social en el marco de legislaciones nuevas, el fortalecimiento económico gobernado por el ideal de la autonomía y la independencia cultural. Bien dijo Simón Rodríguez que sólo hallaríamos soluciones cuando no nos pensáramos diferentes de un país a otro y cuando no creyéramos en más fronteras que las naturales del continente. Dos siglos después aún no se han cumplido plenamente esas condiciones para la existencia del continente como una nación solidaria con firmes compromisos y con responsabilidades compartidas frente al destino del mundo, pero a pesar del caos aparente, es mucho lo que hemos avanzado.

El mestizaje, que era nuestra gran dificultad es también nuestra gran oportunidad en el escenario de la cultura contemporánea, ya que esa tendencia a los mestizajes y los mulatajes es una de las principales características de la modernidad. El mundo no tiende ya hacia ninguna forma de pureza racial, o cultural, sino hacia todo tipo de fusiones. Ello explica el valor de las culturas mestizas como rostro pleno de la época. Sus desafíos son los más imperiosos, ya que frente al peligro persistente de los fascismos, que pretenden reivindicar la superioridad de las razas puras, de las lenguas puras, de las religiones únicas o de las culturas homogéneas, y que absurdamente pretenden imponérselas al mundo entero, la única alternativa es encontrar el valor de las fusiones y mostrar la civilización mestiza como el más probable rostro del futuro. Así, nuestros países, sobre los cuales el poder hegemónico de ciertas culturas obró tantas atrocidades y tantas violencias, se han visto obligados antes que cualquier otro a ser los laboratorios de esa nueva edad planetaria.

A eso apuntaba, desde una época en que ni la etnología ni la antropología habían dado a las culturas su vindicación y su justificación, el ideario de ese gran hombre de acción y gran soñador de futuros que fue el Libertador Bolívar. Hay en sus ideas más una suerte de oscura intuición que un preciso desarrollo conceptual. Hermanados por la tradición y por la lengua, tal vez no esté muy lejos el día en que se cumpla el todavía borroso sueño de una unidad de naciones de nuestra América, como se bosqueja en aquellas palabras finales de la Carta de Jamaica: Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; mas no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América. ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración; otra esperanza es infundada, semejante a la del abate St. Pierre, que concibió el laudable delirio de reunir un congreso europeo para decidir de la suerte y de los intereses de aquellas naciones.

En nuestra época hemos visto, sin embargo, cómo los Estados de Europa, mucho más distintos unos de otros, y tradicionalmente mucho más enfrentados por guerras, conflictos religiosos y diferencias culturales, han llegado a las puertas de una confederación.

A fines del siglo XIX, otra generación admirable asumió el desafío de buscar nuestro ingreso en la modernidad. También allí fue en el campo de la lengua, y en particular de la literatura, donde se dio ese esfuerzo por romper los esquemas rígidos de unas sociedades que habían perdido su vocación planetaria y se habían encerrado en su sueño letárgico de aldeas, a veces idílico pero a menudo violento y fratricida. En México, en la Habana, en Bogotá, en Lima, en Santiago de Chile, en Buenos Aires, empezaron a surgir las voces renovadoras de Manuel Gutiérrez Nájera, José Martí, José Asunción Silva, José María Eguren, Ricardo Jaimes Freire, Leopoldo Lugones. Sus temas, sus ritmos, la gracia de su lenguaje, la elasticidad de sus cadencias, la riqueza de su prosa, permitía entrever que allí se estaba obrando una verdadera revolución de la sensibilidad. Dos hechos simultáneos eran notables, uno, el carácter continental de su aventura y de su búsqueda, otro, el hecho de que todos parecían nutrirse de las mismas fuentes, de la poesía de Edgar Allan Poe y de Heinrich Heine, pero principalmente de la poesía francesa contemporánea, de las voces de Victor Hugo, de Baudelaire, y sobre todo de Paul Verlaine, un poeta extraordinariamente musical, dado a la pasión y al desorden, pero lleno de vida, de gracia y de autenticidad. Paul Verlaine, ebrio, egoísta, turbulento, inestable, pero vigoroso, delicado, apasionado y genial, era una suerte de retrato remoto del estado de ánimo de los escritores iberoamericanos del fin de siglo: de él aprendieron muchas cosas, gracias a su influjo transformaron la lengua, la hicieron más expresiva, más armoniosa, más llena de matices, más irreverente y más sensual. Lo que nos estaba llegando era un lenguaje para la pasión que estaba como contenida en unos países llenos de riqueza cultural y de diversidad humana, pero acallados mucho tiempo por el colonialismo y después por la estrechez de miras de una política aldeana. Ahora volvíamos a asomar la cabeza a la realidad del planeta. El más destacado miembro de aquella generación literaria, el nicaragüense Rubén Darío, no solamente llevó a su plenitud en el verso y en la prosa muchas de las conquistas parciales de sus amigos y colegas, sino que fue el escogido por el destino para llevar hasta España la evidencia de esta aventura de la modernidad. Cuando llegó a Madrid, en 1898, España acababa de vivir su guerra con los Estados Unidos, había perdido sus últimas posesiones en el Caribe, las islas de Cuba y Puerto Rico, y sus últimas posesiones en el Pacífico, las islas Filipinas, y con ellas había perdido los últimos vestigios de su Imperio mundial. Las viejas generaciones literarias españolas sucumbían a la postración en un país desencantado, pero las nuevas estaban ávidas de encontrarse con el mundo, y de construir una España moderna, adaptada a la época, capaz de vivir plenamente la nueva aventura de no ser ya un imperio casi ficticio, sino una de las más originales naciones de Europa. Allí encontró Rubén Darío a esos jóvenes, Antonio Machado y Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez y Ramón del Valle Inclán, también grandes lectores del francés, renovadores de la sensibilidad, ávidos de futuro. Ese encuentro dio grandes frutos, y así como la generación de los modernistas latinoamericanos había encontrado en la sensibilidad, el talento y la generosidad de Darío el vocero ideal para representarlos ante España, los nuevos escritores españoles encontraron en él su mejor emisario para América. Rubén Darío se convirtió así, no sólo en el símbolo del modernismo latinoamericano, sino también en el símbolo de una inesperada convergencia de las dos alas de la lengua, a ambos lados del Atlántico. Y es porque ese contacto se dio, porque en ese momento afortunado aquel diálogo fue posible, por lo que la lengua castellana, que había pasado casi en silencio dos siglos en que el resto de las grandes lenguas de Europa vivían el esplendor de su creatividad, los siglos del clasicismo, del racionalismo y del romanticismo, y había dejado de ser instrumento de las grandes aventuras del espíritu, se reencontró con su destino de gran lengua de civilización, y emprendió a lo largo del siglo XX la aventura que la ha convertido no sólo en la tercera lengua del mundo, después del mandarín y del inglés, por la cantidad de personas que la hablan, sino en una de las más vigorosas de los tiempos modernos, una de las lenguas que tendrán que asumir de un modo principal en el planeta la responsabilidad del futuro, las tareas de reflexión, de creación y de comunicación que se abren ante nosotros en esta encrucijada de los siglos.

En 1936, el gran escritor y pensador mexicano Alfonso Reyes, pronunció en un foro internacional, y publicó en la revista Sur, de Buenos Aires, unas reflexiones sobre el modo como percibían nuestros mayores su destino como hijos de este continente:

La inmediata generación que nos precede, -escribió- todavía se creía nacida dentro de la cárcel de varias fatalidades concéntricas. Los más pesimistas sentían así: en primer lugar, la primera gran fatalidad, que consistía desde luego en ser humanos, conforme a la sentencia del antiguo Sileno recogida por Calderón:

Porque el delito mayor
del hombre es haber nacido.

Dentro de éste, venía el segundo círculo, que consistía en haber llegado muy tarde a un mundo viejo. Aún no se apagaban los ecos de aquel romanticismo que el cubano Juan Clemente Zenea compendia en dos versos:

Mis tiempos son los de la antigua Roma,
y mis hermanos con la Grecia han muerto.

En el mundo de nuestras letras, un anacronismo sentimental dominaba a la gente media. Era el tercer círculo, encima de las desgracias de ser humano y ser moderno, la muy específica de ser americano; es decir, nacido y arraigado en un suelo que no era el foco actual de la civilización, sino una sucursal del mundo. Para usar una palabra de nuestra Victoria Ocampo, los abuelos se sentían "propietarios de un alma sin pasaporte". Y ya que se era americano, otro handicap en la carrera de la vida era el ser latino o, en suma, de formación cultural latina. Era la época del A quoi tient 1a supériorité des Anglo-Saxons? Era la época de la sumisión al presente estado de las cosas, sin esperanzas de cambio definitivo ni fe en la redención. Solo se oían las arengas de Rodó, nobles y candorosas. Ya que se pertenecía al orbe latino, nueva fatalidad dentro de él pertenecer al orbe hispánico. El viejo león hacía tiempo que andaba decaído. España parecía estar de vuelta de sus anteriores grandezas, escéptica y desvalida. Se había puesto el sol en sus dominios. Y, para colmo, el hispanoamericano no se entendía con España, como sucedía hasta hace poco, hasta antes del presente dolor de España, que a todos nos hiere. Dentro del mundo hispánico, todavía veníamos a ser dialecto, derivación, cosa secundaria, sucursal otra vez: lo hispano-americano, nombre que se ata con guioncito como con cadena. Dentro de lo hispanoamericano, los que me quedan cerca todavía se lamentaban de haber nacido en la zona cargada de indio: el indio, entonces, era un fardo, y no todavía un altivo deber y una fuerte esperanza. Dentro de esta región, los que todavía más cerca me quedan tenían motivos para afligirse de haber nacido en la temerosa vecindad de una nación pujante y pletórica, sentimiento ahora transformado en el inapreciable honor de representar el frente de una raza. De todos estos fantasmas que el viento se ha ido llevando o la luz del día ha ido redibujando hasta convertirlos, cuando menos, en realidades aceptables, algo queda todavía por los rincones de América, y hay que perseguirlo abriendo las ventanas de par en par y llamando a la superstición por su nombre, que es la manera de ahuyentarla. Pero, en sustancia, todo ello está ya rectificado.

Sentadas las anteriores premisas y tras este examen de causa, me atrevo a asumir un estilo de alegato jurídico. Hace tiempo que entre España y nosotros existe un sentimiento de nivelación y de igualdad. Y ahora yo digo ante el tribunal de pensadores internacionales que me escucha: reconocemos el derecho a la ciudadanía universal que ya hemos conquistado. Hemos alcanzado la mayoría de edad. Muy pronto os habituaréis a contar con nosotros.

Hasta aquí el texto de Alfonso Reyes. Yo me atrevo a afirmar que ese tiempo ha llegado, y el propio Alfonso Reyes es uno de los forjadores de esta edad en que el específico modo de pensar y el muy diverso estilo de creación de nuestras culturas ha empezado a hacerse indispensable para el mundo. El siglo XX fue el siglo en que Iberoamérica pasó de la invisibilidad y la lejanía a estar en el centro de los dramas del mundo contemporáneo, pero en el centro también de sus aventuras espirituales. Nadie puede ignorar que nuestra presencia actual en el ámbito internacional está profundamente marcada por las dificultades propias de nuestra realidad, por la persistencia de males muy antiguos y por la emergencia de males muy modernos. Nadie puede ignorar la existencia del narcotráfico, del terrorismo, de los exilios políticos y económicos. Pero no hay que permitir que esos hechos eclipsen o anulen otra gran verdad, la del vigor y la creciente vigencia de nuestras culturas, el modo como estamos reinterpretando la tradición de Occidente, y el sabor inconfundible que ya tienen nuestras creaciones. Es imposible pensar la literatura del siglo XX sin pensar, entre tantos otros, en Jorge Luis Borges, en Joao Guimaraes Rosa, en Pablo Neruda, en Juan Rulfo, o en Gabriel García Márquez. Cada uno de ellos no sólo representa a una lengua, representa, en el seno de esa lengua, la expresión de una región, de una sensibilidad, una de las caras irreemplazables de esta suerte de Planeta Latino. Borges, voz de un país de inmigrantes, cifra en sus obras el cosmopolitismo de América, su infinita curiosidad por todas las culturas, su derecho a heredar todas las tradiciones, su culto por la acumulada memoria de las bibliotecas y de los símbolos, y al mismo tiempo su perplejidad adánica por un mundo siempre inexplicado, el punto en que se enlazan el arte y la filosofía para producir, no certezas que agobian y acallan sino estados privilegiados de asombro y de gratitud. Rulfo, voz de un mundo indígena aparentemente abolido, hace surgir en su poesía el rumor espectral de una realidad en donde la vida y la muerte se enlazan, en donde el tiempo es a la vez un soplo de vigilia y de sueño, en donde la intimidad y la historia dialogan en el lenguaje descarnado de las emociones elementales. Neruda y Guimaraes Rosa nos asoman a la turbulencia de un mundo donde todavía existe la naturaleza en un sentido que muchas regiones del planeta ya han perdido, una naturaleza que el lenguaje asedia y nunca alcanza del todo; nos asoman a la eterna aventura americana de intentar nombrar con una lengua siempre insuficiente un mundo de desmesurada fecundidad y de poderosa violencia, y nos revelan cómo sigue siendo urgente la tarea de incorporar lo innominado y lo desconocido en el orden de lo sagrado y de lo humano, la tarea central de toda poesía. Gabriel García Márquez, voz del universo múltiple del Caribe, fusiona la musicalidad de la lengua castellana con el desconcertante pensamiento mágico de los pueblos indígenas y con la alegría y la sensualidad de las culturas africanas, para producir el esplendor de la novela mestiza, la saga de un mundo donde tal vez sólo la complicidad de los amores prohibidos logra sobrevivir a las trampas del lenguaje, a las arbitrariedades del poder y a los vientos de la fatalidad. Si estos autores, y tantos otros, se han abierto camino en el corazón de sus contemporáneos en todo el mundo, es porque las síntesis que mencionaba Alfonso Reyes no han cesado de darse en nuestra cultura, porque Iberoamérica empieza a tener respuestas para el mundo, y las tendrá cada vez más en la medida en que asuma toda su riqueza: la sabiduría y la suma de conocimientos de sus pueblos indígenas; el vigor, la alegría, y el sentido del ritmo de sus pueblos afroamericanos; la honda huella de civilización de su pasado ibérico y latino, y el creciente aporte de las culturas que han llegado a nosotros para quedarse. Esas migraciones que hacen que por ejemplo en Colombia nuestros poetas se llamen Silva, Fallon, de Greiff, Quessep, Bonnett, Gómez Jattin.

Podemos afirmar que Iberoamérica ha entrado en diálogo de igualdad con el mundo en el campo de la cultura. Tal vez no falte mucho tiempo, para que ese intercambio cultural se convierta también en un verdadero intercambio económico y político, y en algo mucho más importante y más urgente, en un diálogo, en condiciones de igualdad, sobre los rumbos de la civilización humana y sobre el porvenir del planeta.

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