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Iberoamérica: unidad cultural en la diversidad |
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Las siguientes consideraciones están hechas desde el punto de vista del administrador cultural público ubicado en una visión democrática. Y que debe manejarse con opciones que le permitan acotar el complejísimo y vasto campo en el que le corresponde actuar.
La cultura simplemente es, se hace diferente y contradictoria, según el momento, el lugar, la circunstancia y los individuos, pero puede asumir un importante papel como elemento civilizatorio, como instrumento de comparación y confrontación en paz de las particularidades.
El concepto de cultura antropológico abre tan ampliamente el abanico que se vuelve abarcativo de las actividades todas de la sociedad. Paralelamente a ello, y no obstante, la cultura se asocia inmediatamente a lo expresivo. Y más, aún, a las más afinadas síntesis de esas expresiones, reflejadas en la tarea de los artístas. Se hace necesario por tanto, recobrar una especificidad que permita la operatividad real, redimensionando desde una postura moderna, el rol del arte, al artista y su vínculo dinámico con la sociedad.
Definimos entonces, orientarlos hacia una tarea instrumental destinada a generar ámbitos y condiciones que alienten intercambios simbólicos, favoreciendo así el desarrollo de la capacidad de convivencia, aceptando como cierto que el arte sublima los códigos con los que nos explicamos y nos comprendemos.
Ciertas preguntas jamás encontrarán su respuesta cabal y sin embargo volverán a formularse con fatalidad en cada uno de nosotros. "Qué es nacer, qué es morir, qué es amar?". Las primeras y las últimas preguntas del ser humano.
Esas interrogantes llegan luego de aprender a nombrar las cosas, luego de aprender a representarlas con símbolos auditivos, visuales o táctiles, íconos, palabras o melodías. Son preguntas culturales, que es decir exclusivas y características de nuestra especie. No hay cocodrilo, vaca o gorrión que pregunte, esas no son inquietudes instintivas. Los hombres en cambio, no sabemos sentir sin buscar interpretación a lo que sentimos, no podemos vivir sin preguntar, no aprendemos a existir sin ensayar respuestas.
Y esas preguntas serán infinitas, siempre plurales y provisorias y lo que es más importante, serán generadoras de nuevas preguntas. Una o varias por cada uno de nosotros, muchas y variadas en el ámbito colectivo. Responderemos a ellas con nuestro cuerpo, con nuestra experiencia, con nuestro lugar geográfico y social, con nuestra historia individual, en estrecha relación con la historia de la comunidad. Para esas nuevas respuestas necesitaremos nuevamente de nombres y símbolos, que a la vez formularán nuevas preguntas.
Entre todos, elaboramos formas de ver, nombrar e interpretar que compartimos en nuestro tiempo y lugar. Pero somos diferentes cada uno, somos diferentes como grupo, comunidad o país. Cada uno de nosotros tiene su particular forma de ver y nombrar al mundo, cada cual posee su personal y diferente repertorio simbólico.
Ahora bien, todos nombramos y simbolizamos pero existen en las comunidades algunos seres particulares, dedicados con pasión, tenacidad y compromiso a la expresión de sus mundos interiores, y a comunicarnos. Los artístas.
Desde la iconografía de las cavernas hasta la expresividad cibernética, en una obra de arte hay siempre un ser que ha reflexionado largamente en un ámbito de libertad solitaria, y un posterior largo y duro trabajo de realización y oficio para saber expresar los frutos de esa reflexión, hay un coraje de exponerlo a los ojos de los demás, buscando seducirlos.
Una obra de arte es un acto de entrega de lo mejor que el artista posee: sus respuestas a las preguntas fundamentales, que por ese mismo proceso de reflexión profundo se han vuelto acaso más conscientemente provisorias, relativas, relativizadas, imperfectas pero también y por suerte, geniales, reveladoras, abarcativas. El arte es síntesis, testimonio y desafío.
Y es en ese sentido que la obra del artista se vuelve fundamental, pues él no es más que uno de nosotros, pero con vocación y capacidad expresiva. En el contacto con la obra de arte todos tenemos la posibilidad de cotejar respuestas, de compararnos, de comprender que nuestros problemas son también los de otros y, aún más de encontrar nuevos caminos para nuestras inquietudes. La apreciación de una obra de arte es en sí un acto artístico, creador, donde nuestras diferencias se pueden volver aristas de resonancia o contraste, enriquecedoras. La clásica afirmación estilística de que la obra de arte, no acaba en sí misma, sino en la realidad que desencadena adquiere desde este punto de vista, nuevos e insospechados ribetes.
Hay que lograr entonces, la mayor libertad de cotejo de particularidades, creando ámbitos y condiciones en que las diferencias de cada uno puedan ser afirmadas o cuestionadas sin temor, se trata de vivir con el otro a favor de nuestras diferencias, y generar en terreno fértil para el crecimiento de todos.
Esta postura ha de ser un propósito, no surge espontáneamente, es el fruto de un esfuerzo voluntario y depende del buen uso de la inteligencia. Este es objeto de la administración cultural. Cuando se fracasa en semejante tarea los pueblos enfrentan sus catástrofes de intolerancia.
Administrar la cultura no es una abstracción posmoderna. Es provocar las formas de cotejarnos en paz, para el intercambio de nuestros símbolos, para aprender a ofrecer y recibir los modos que cada uno tiene de nombrar las cosas.
Las culturas no son pues, otra cosa que el repertorio de expresiones, de símbolos, de interpretaciones que crean los colectivos en comunión. Un repertorio que se origina en el arte, tarea simbólica por excelencia. En consecuencia, no hay cultura sin arte. Lo artístico es usina generadora de lo cultural.
Por oposición, lo que llamamos "locura" o lo que llamamos "delincuencia", es justamente la ausencia de interpretación compartida, de símbolos comunes, es la marginación cultural.
Pero esa interpretación simbólica común será más amplia y rica cuanto mayores sean los espacios de intercambio de las interpretaciones individuales. Por lo tanto lo cultural es usina generadora de lo social.
También los pueblos necesitan interpretaciones que consideren propias, que los hagan particulares en su tiempo y lugar. Lo ajeno los enriquece porque sirve de contrate, porque ofrece pautas de lo que pueden buscar en ellos mismos para instrumentarse a su manera. En este ejercicio el riesgo mayor es la imitación y la imitación del otro es siempre caricatura.
El pulso de la expresión es hijo de la pertenencia. Lo expresado ha de ser particular. No hay individuo que se consuele con una reflexión que no sea propia, necesita ensayar la suya. Sólo cuando cuente con ella podrá cotejarla. Otro tanto ocurre con los pueblos. Sin su repertorio expresivo, desprovistos de su particularísima forma de nombrar, de simbolizar, ausentes de su capacidad creadora, los pueblos carecen de futuro propio y se condenan a la imitación de futuros ajenos.
Tal vez estemos viviendo tiempos de imitación, tal vez se esté pretendiendo que exista una sola respuesta a todas nuestras inquietudes signados por el imperativo del consumo. Auxiliado por los gigantescos medios de comunicación, el consumo busca rebasar los límites de nuestras necesidades para convertirse en un objetivo en sí mismo. El mercado juega a Dios, crea sus particulares formas de nombrar y simbolizar, pretendiendo responder con la más pobre de las esperanzas: que ser se convierta en tener. Tal vez pueda afirmarse que estamos ante una mercadotecnia metafísica.
La cultura del consumo intenta inhibir nuestras particularidades, busca que las interpretaciones sean uniformes, que las necesidades sean gemelas, que nuestras satisfacciones puedan masificarse. En ese empeño se fomenta el temor a la identificación que hace la diferencia, el miedo a cotejar lo propio con lo ajeno, el camino de la intolerancia.
Se intenta desdramatizar a través del objeto, aliviar la agonía de la incertidumbre con la respuesta única y polifuncional. Se limita el necesario repertorio de símbolos y así se sabe inundar a sociedades debilitadas en su identidad con la ilusión de que todo es leve, todo es "light", parecería que una tarjeta de crédito es capaz de sustituir hasta una inquietud religiosa. Con la ilusión de que todo puede cambiarse rápidamente, todo es "zapping", aún el amor luce descartable. Con la ilusión de simbolizar, se confunde la independencia de la creación artística con la servicial creatividad publicitaria.
Sin embargo no se trata de escandalizarse ante semejante dislate. La historia humana registra siempre épocas de totalitarismo metafísico, que fatalmente sucumben ante la fuerza de las primeras preguntas y la pasión de la gentes por encontrar respuestas propias.
Aquí y ahora es posible que la gestión cultural deba concentrarse en facilitar las vías para volver a nombrar las cosas después del diluvio, después de la pseudocultura imitativa del consumo, para dejar lugar una vez más a las preguntas fundamentales: "qué es nacer, qué es morir, qué es amar?"
Si la cultura está en peligro, el antídoto es claro: más cultura.
Sin embargo no es posible adelantarse al potencial expresivo de los artistas y la gente. Sería absurdo anticiparse a lo que viene para facilitar caminos de expresión. Estos caminos serán siempre impredecibles y resultaría petulante intentar marcarlos desde la administración.
Tan grave como la intención anticipatoria es el síntoma que bien puede considerarse usual en la tarea de administración cultural como el de quedarse atrás, el presumir un estado de cosas en materia expresiva que ya no es, el aferrarse a tradiciones inoperantes. Hemos de tener presente que el diluvio consumista y su tendencia a la levedad, no ha de pasar en vano, dejará sus huellas culturales. Es evidente que las innovaciones tecnológicas deben ser asimiladas y que la globalización económica tendrá sus fuertes ecos sociales.
Violinistas enamorados de las tejas, los administradores culturales, debemos entonces aprender el arte del equilibrio tenaz y tratar de que se avance entre preguntas fundamentales y provisorias, entre expresiones imitativas y propias, entre nuestro tiempo, el pasado y el posible futuro de la comunidad, entre la comarca y el mundo. En esta tarea se hacen fundamentales los elementos emblemáticos, los símbolos contundentes de lo que fuimos, lo que somos y lo que podemos ser. Obras de arte, por supuesto, pero también ámbitos específicos de cultura.
Es bastante usual que se establezca la dicotomía entre las necesidades básicas de la población y la necesidad de las expresiones artísticas y su fomento. Hay quienes quieren que el arte sea considerado un instrumento de lujo, propio de grupos de privilegio económico. Esta falsa oposición, aparentemente, seguirá instalada en las ideas de muchos que, confiemos, estén dispuestos a cotejarla en paz con lo que otros consideramos no ya una necesidad, sino un hecho inevitable: los ámbitos expresivos hacen y califican a los pueblos, los símbolos son esencia y nunca capricho, el intercambio pacífico de interpretaciones, es la libertad.
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