Resumen
El presente libro aborda la problemática de la ciudadanía
analizada en el contexto actual y en su impacto sobre las distintas dimensiones
de la vida social y personal.
La instalación hegemónica del modelo neoliberal, que parecía
haberse articulado sin mayores fricciones con la democracia representativa,
terminó generando un orden en el que emergen una gran diversidad
de conflictos y tensiones. Lejos de acercarse a los ideales de igualdad
y libertad, gran parte de las democracias occidentales parecen haber tomado
un rumbo que, en mayor o menor medida, consolida y profundiza las desigualdades
sociales, condena a la marginación a grandes sectores, institucionaliza
dispositivos de corrupción administrativa en diferentes niveles
de la vida política, facilita el acceso al poder a grupos oligárquicos,
hipoteca y malgasta los bienes del Estado y constriñe los espacios
de participación y deliberación, excluyendo de las negociaciones
y de la construcción de acuerdos a amplios sectores de la sociedad,
devalúa y deprecia el rol de la ciudadanía y de la opinión
pública. Por su parte, la economía globalizada ha creado
una cultura híbrida, superficial y mercantilizada que ha conducido
a una acuciante pérdida de sentidos, al debilitamiento de las identidades
individuales y colectivas, al resquebrajamiento de los sistemas tradicionales
de integración social y a una agudización de la vulnerabilidad
social.
Este escenario tan fuertemente crítico, nos desafía a pensar
y construir alternativas que nos permitan avanzar más allá
de la perplejidad y la indignación moral. Y todo indica que tales
alternativas, si quieren producir una ruptura sensible con los procesos
anteriores, sólo podrán provenir de las instancias públicas
de realización y ejercicio de la soberanía popular.
Es necesario recuperar el impulso cívico, como un elemento de
consolidación de la vida democrática, en relación
a cuantos parecen quedar, no ya en los márgenes de la forma de
vida de una plena ciudadanía, sino desinteresados por asimilarse
a unas prácticas cívicas comprometidas por una visión
del mundo que desintegra más cosas que recompone.
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Índice
Introducción
Mercedes Oraisón
I Cultura y valores democráticos en América Latina.
Una reflexión desde la filosofía política
Óscar Mejía Quintana
II La ciudadanía imposible. Pensar al sujeto cívico
desde una pedagogía de la mirada
Fernando Bárcena y Gonzalo Jover
III Educación para la eticidad y la ciudadanía en tiempos
de globalización. Una mirada desde México
María Teresa Yurén
Presentación de los autores
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Fragmento
Introducción
El presente libro forma parte de una obra que
aborda la problemática de la ciudadanía en los países
de la región. El primer volumen se ha centrado en los procesos
de construcción sociohistórica generados desde la escuela.
En este segundo volumen, la cuestión es analizada en el contexto
actual y en su impacto sobre las distintas dimensiones de la vida social
y personal.
El momento de crisis sociopolítica e institucional que estamos
atravesando se ha vuelto especialmente complejo debido a sus múltiples
connotaciones. La instalación hegemónica del modelo neoliberal,
que parecía haberse articulado sin mayores fricciones con la democracia
representativa, terminó generando un orden en el que hoy emergen
una gran diversidad de conflictos y tensiones. Lejos de acercarse a los
ideales de igualdad y libertad, gran parte de las democracias occidentales
parecen haber tomado un rumbo que, en mayor o menor medida, consolida
y profundiza las desigualdades sociales, condena a la marginación
a grandes sectores, institucionaliza dispositivos de corrupción
administrativa en diferentes niveles de la vida política, facilita
el acceso al poder a grupos oligárquicos, hipoteca y malgasta los
bienes del Estado y constriñe los espacios de participación
y deliberación, excluyendo de las negociaciones y la construcción
de acuerdos a amplios sectores de la sociedad, devalúa y deprecia
el rol de la ciudadanía y la opinión pública. En
otro terreno, la economía globalizada ha creado una cultura híbrida,
superficial y mercantilizada que ha conducido a una acuciante pérdida
de sentidos, al debilitamiento de las identidades individuales y colectivas,
al resquebrajamiento de los sistemas tradicionales de integración
social y a una agudización de la vulnerabilidad social.
Este escenario tan fuertemente crítico, del que da cuenta pormenorizadamente
Óscar Mejía en el primer capítulo de este libro,
nos desafía a pensar y construir alternativas que nos permitan
avanzar más allá de la perplejidad y la indignación
moral. Y todo indica que tales alternativas, si quieren producir una ruptura
sensible con los procesos anteriores, sólo podrán provenir
de las instancias públicas de realización y ejercicio de
la soberanía popular.
Para Habermas (2002) la propia lógica de desarrollo del capitalismo
avanzado ha abierto una nueva constelación de la política
y la economía en la que el sistema tiende a autorregularse mediante
la despolitización de los asuntos prácticos, la cientifización
de la política y el ejercicio de un control técnico ampliado.
La reducción del dominio político a administración
racional es posible a costa de la democracia, ya que esta lógica
rompe con la concepción de una esfera de opinión pública
con funciones políticas. A los ciudadanos, en el mejor de los casos,
sólo les toca legitimar al personal administrador y juzgar sobre
la cualificación de los funcionarios, pero si las cualificaciones
son comparables, en principio sería indiferente cuál de
los grupos concurrentes de líderes llega al poder. Es decir, que
"la administración tecnocrática de la sociedad industrial
convierte en superflua a la formación democrática de la
voluntad colectiva" (ibíd., p. 140).
En el capítulo "Cultura y valores democráticos en América
Latina. Una reflexión desde la filosofía política",
Óscar Mejía analiza cómo la generalización
del papel neutro de la tecnocracia desplaza las decisiones y ejecuciones
macro y micropolíticas a los organismos de planeación económica
sin ser consultadas con las comunidades afectadas y legitimándose
por consensos estadísticos, no democráticos.
Por otro lado, también destaca Mejía, el neoliberalismo
ha querido identificar su espectro de cambios económicos y los
ajustes superestructurales, político-jurídicos, requeridos
para internacionalizar las economías latinoamericanas con un "nuevo"
modelo de "democracia participativa" que no tiene otro propósito
más que el de excluir amplios sectores sociales de la discusión
pública sobre el macromodelo de crecimiento que está tratando
de imponerse.
Además de esta utilización ideológica del modelo
de democracia participativa, la lógica del ajuste del proyecto
pseudomodernizador neoliberal está produciendo, señala Mejía,
un desplazamiento de funciones estatales al capital nacional y transnacional
y las instancias tecnoburocráticas del Estado, y generando un proceso
de marginalización económica, social y política que
profundiza los desequilibrios ya existentes.
Lo que está claro, pues, es que la racionalidad estratégica
no puede resolver los problemas que ella misma ha creado, por lo que se
hace ineludible incorporar nuevos paradigmas de interpretación
de la relación política, social y económica que instalen
a la ética como variable dependiente en la discusión y las
decisiones centradas en el sujeto.
Aquí se plantea el desafío de construir una democracia participativa,
deliberativa o consensual, como único modelo éticamente
legitimable, que potencie el rol crítico y autónomo de la
opinión pública y posibilite institucionalizar canales de
diálogo entre el Estado y la sociedad civil desde los cuales puedan
rescatarse y hacerse oír las reivindicaciones de los sectores más
desfavorecidos.
Tal como lo postula Mejía, se requiere concebir y determinar un
nuevo paradigma jurídico-político basado en un modelo normativo
de democracia consensual-discursiva, que entienda a la ciudadanía
como sujeto estructural de su proyecto modernizador, de la discusión
pública sobre la problemática económica, política
y sociocultural que la afecta y cuyo consenso sobre las macropolíticas
públicas confiera la legitimación del orden jurídico-político
existente.
Ahora bien, la convicción sobre la necesidad de una reconfiguración
del marco sociopolítico se entrelaza con un supuesto fundamental
que constituye otro punto nodal en este libro: la ciudadanía como
categoría política, que opera inexorablemente a partir de
una lógica de inclusión-exclusión, debe ser resignificada
a partir de nuevas miradas y posicionamientos teóricos desde los
cuales pueda pensarse al ciudadano en relación estrecha con su
condición humana.
Para Mejía es imperativo recuperar el concepto, la dignidad y el
respeto de la persona como fundamento de la democracia debido a que los
mecanismos de participación ciudadana son inoperantes si el ciudadano
como tal no se asume a sí mismo como persona moral, libre e igual,
capaz de formar parte activa, como ser racional y autónomo, de
las decisiones que lo afectan directamente a él, a su comunidad
y al país en general.
Teresa Yurén, en otro capítulo de este libro, "Educación
para la eticidad y la ciudadanía en tiempos de globalización.
Una mirada desde México", concibe que la ciudadanía
debe partir de un proyecto de dignificación. Y dignificar, como
dirá seguidamente esta autora, significa contribuir al proceso
de construcción de una eticidad y una moralidad que favorezcan
la dignidad. Inspirándose en la obra de Agnes Heller sobre las
necesidades radicales, Yurén ha podido formular un concepto no
metafísico de dignidad, entendiéndola como el conjunto de
las necesidades radicales que, a lo largo de la historia, se han mostrado
como constitutivas de la riqueza humana: la libertad, la conciencia, la
socialidad, la objetivación, y la pertenencia a la humanidad. En
síntesis, la dignidad para Yurén es la necesidad de cada
uno de ser una persona libre, social, consciente y creadora de cultura
que busca ser reconocida como tal y, por ende, como miembro del género
humano.
Por su parte, Bárcena y Jover, en el capítulo "La ciudadanía
imposible. Pensar al sujeto cívico desde una pedagogía de
la mirada", nos proponen replantearnos la cuestión de la ciudadanía
a la luz de un impulso reflexivo distinto del habitual. No como lo hace
el filósofo moderno, que mira las cosas siempre por encima del
mundo y desde la posición privilegiada de un yo ensimismado y protegido
ante lo otro, sino mirando el mundo desde adentro. Desde la lógica
del primero se piensa al mundo desde el afuera de la existencia humana
(contingente, finita y siempre plural en su expresión), mientras
que pensar las cosas del mundo desde su adentro es colocarse en una posición
que piensa lo que acontece de forma no defensiva, aun al advertir que
los acontecimientos resquebrajan nuestras categorías y conceptos
más firmes. En este sentido, para estos autores, no es posible
concebir la ciudadanía y la civilidad al margen de las circunstancias
que atraviesan millones de seres humanos cuyas vidas se viven cargadas
de dolor, abandono y sufrimiento.
Bárcena y Jover nos plantean, además, la necesidad de recuperar
el impulso cívico, como un elemento de consolidación de
la vida democrática, en relación también a cuantos,
por circunstancias políticas, económicas y sociales, parecen
quedar no ya en los márgenes de la forma de vida de una plena ciudadanía,
sino desinteresados, en el fondo, por asimilarse a unas prácticas
cívicas comprometidas por una visión del mundo que desintegra
más cosas que recompone.
Justamente porque la condición de ciudadano no es algo que se adquiere
como un simple estatus jurídico, sino que se trata de una construcción
de subjetividades que requiere ser revitalizada y reanimada día
a día, es fundamental como lo ha señalado Dewey (1958) que
la educación despierte en cada ciudadano la iniciativa, la disposición
y la preocupación por los intereses de la colectividad. La democracia
no es compatible con la pasividad, el fatalismo y el conformismo. Un estado
de conciencia que en el caso de los excluidos, Freire (2002) ha llamado
de "anestesia histórica".
Aunque tal estado de conciencia y tal condición de exclusión
no se vincula solamente, como lo muestran los autores de esta obra, con
los sectores más marginales de nuestras sociedades. Se puede considerar
excluidos a quienes de alguna manera tienen asegurados sus derechos civiles
y votan más o menos asiduamente. Desde una perspectiva ético-política
la problemática es más compleja: se es excluido cuando el
voto no es una herramienta que proporcione posibilidad de cambio o transformación,
o cuando no garantiza a quien lo emite la oportunidad de incidir en la
toma de decisiones sobre asuntos que le afectan directa o indirectamente.
Ser excluido es no tomar parte en las deliberaciones y la formación
de consensos basados en una concepción de justicia como equidad,
ya sea por las coacciones y limitaciones propias del sistema o porque
la propia persona se ha automarginado, como nos dicen Bárcena y
Jover, ha desertado de las instancias de participación política.
En este sentido, para Apel (1991) aquel que se abandone al despotismo
burocrático-totalitarista y se arraigue a una moral convencional
no podría ser considerado como un sujeto moralmente autónomo.
Basada en una teoría de la acción comunicativa, la ética
del discurso revaloriza la competencia comunicativa del hombre, considerando
que como tal, debe participar siempre en todas las deliberaciones de las
normas que le incumben o le interesen. Sólo mediante la generalización
-o institucionalización- de esta forma de vida democrática-participativa
podrá alcanzarse la autoafirmación de la justicia como principio
universal para la resolución de conflictos y a una conciliación
de la autonomía personal con la voluntad. solidaria.
Uno de los desafíos ético-educativo más importantes
de nuestro tiempo parecería ser, pues, además del desarrollo
de condiciones adecuadas de deliberación racional que permita consensuar
normas en un proceso discursivo moralmente válido, el movilizar
la voluntad de participación. Y esto no sólo es una necesidad
sentida en países con democracias incipientes como los de nuestra
región, sino incluso en los más prósperos de Occidente
donde el Estado Benefactor ha podido garantizar suficientemente los derechos
y libertades básicas de sus miembros. En este caso, el retraimiento
de sus ciudadanos de la escena pública, ha conducido a Cortina
(1993) a llamarlos "clientes pasivos del Estado de Bienestar".
Los tres autores de esta obra centran su atención en el fenómeno
de la apoliticidad. Bárcena y Jover han observado que los jóvenes
valoran aquellas cuestiones y preocupaciones concretas que afectan a su
vida cotidiana por encima de los ideales ético-políticos,
cómo el presupuesto democrático de la partición queda
en último lugar de la escala de valores que mide el índice
de inalienabilidad de los derechos. El bajo grado de implicación
política se observa en su participación en iniciativas sociales
que no se relacionan con el compromiso político, ellos mismos no
se identifican como ciudadanos activos. Para estos autores la pérdida
de nuestra propia experiencia de sentirnos ciudadanos nos hace inmunes
a la percepción de aquellos que son excluidos del ámbito
del nosotros, nos quita la posibilidad de abrimos a la inquietud.
En el mismo sentido Yurén advierte sobre el desmantelamiento de
los puentes entre la vida pública y la vida privada, y entre la
moralidad y la socialidad, considerando que a esta situación contribuyen
tres factores fundamentales: la pérdida de autonomía, la
privatización de la eticidad y el resquebrajamiento del ágora.
Como efecto de la globalización, para Yurén, se ha perdido
la capacidad de subjetivarse y simultáneamente la capacidad de
objetivarse mediante una praxis, la capacidad de formarse y conformar
la cultura y la sociedad. Esta pérdida, de lo que llama la capacidad
praxeoformativa, junto con la autonomía ilusoria, que en los hechos
es la realización de la heteronomía bajo la apariencia de
independencia, generan fuertes condicionantes al proceso de construcción
de la eticidad. Los estudios que revelan la apatía de los jóvenes
en relación con la política, ponen en evidencia, para Yurén,
la pérdida del ágora. Esta autora concuerda con Bárcena
y Jover en que estamos interpelados por la imposibilidad de la ciudadanía.
Frente a tal diagnóstico la educación, como Dewey lo pensó,
será un recurso ineludible para convertir a cada ciudadano en un
actor o agente de los procesos sociales y comunitarios en los que se ve
involucrado, en un sujeto racionalmente motivado a intervenir en las deliberaciones
públicas desterrando su rol de simple espectador pasivo y condescendiente
de las actividades ciegas y dirigidas externamente por los demás.
Otro punto de convergencia en la propuesta de los autores que conforman
esta obra, se vincula con el rol de la educación y los procesos
que ésta debería promover. Para Yurén, no bastan
experiencias educativas que estimulen el juicio crítico. El desarrollo
de autonomía y de la capacidad praxeoformativa requiere una educación
que involucre a los jóvenes en la construcción de pautas
de valor y de un modelo de vida buena y de sociedad deseable. Asimismo,
concibe que la procuración de una eticidad dignificante debe apelar
al desarrollo de lo que Habermas (1999, p. 72) llama "una sensibilidad
hermeneútica que nos conduzca a incluir al otro sin intentar nivelarlo
ni confiscar su alteridad". Para Yurén la intencionalidad
de la vida buena comunitaria implica la referencia al otro que, siguiendo
a Lévinas, nos interpela en su sufrimiento. Y la respuesta a esa
interpelación no puede ser sino la reivindicación del derecho
a una vida con dignidad. Dice Yurén que tal derecho de las víctimas
de la globalización, convertido en res-pública es lo único
que puede conducir a la paz universal a la que aspiraba Kant.
Concurrentemente, Bárcena y Jover plantean una pedagogía
de la mirada centrada en la hermenéutica narrativa. Educar en la
mirada para estos autores es ver la humanidad del otro más allá
de la forma y el aspecto con el que se nos presenta. Significa cruzar
la frontera para poder ver el mundo desde el lugar de quien padece y sufre
la injusticia. Educar la mirada requiere la descentración del yo,
requiere fragilizar el yo a partir de la experiencia de la fragilidad
del otro. Todo esto, dirán Bárcena y Jover, sin perder el
plano de la asimetría bajo la cual se define la relación
entre ambos capaz de despertar la repugnancia ante lo intolerable: el
sufrimiento del otro.
Educar una ciudadanía sensible al sufrimiento del otro, participante
y políticamente empoderada requiere postular como principio regulativo
la idea del interlocutor válido que Cortina comparte con Apel,
esto es "[...] mínima concepción de hombre [...] facultado
para decidir sobre la corrección de las normas que le afectan,
movido por intereses cuya satisfacción da sentido a la existencia
de normas, capacitado para tomar decisiones desde la perspectiva de intereses
generalizables" (Cortina, A., p. 143).
Otra exigencia complementaria es la recuperación de lo público
como espacio fundante de la cultura de la civilidad, la convivencia y
la democracia; como sala de ensayo y recreación de las competencias
ético-ciudadanas que acabamos de mencionar. Para Habermas es en
este espacio donde se genera el poder comunicativo, el de los ciudadanos
y de la sociedad civil. Este poder se ejerce en la conformación
de "una vasta red de sensores que reaccionan a la presión
de problemas y situaciones problemáticas que afectan a la sociedad
global, y estimulan opiniones influyentes" (Habermas, 1998, p. 376)
controlando el ejercicio del poder político administrativo y programándolo
en alguna medida.
Como vemos, los diferentes autores del libro nos instan a participar en
una discusión acerca de los procesos de construcción de
las subjetividades moral, social y política en un mundo globalizado,
complejo y conflictivo; y sobre los desafíos que, en este contexto,
se plantean para la posibilidad de un proyecto democrático, los
que podríamos resumir en una sencilla fórmula: más
democracia, más educación, mayores experiencias de participación
ciudadana.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
APEL, K. O. (1991): Teoría de la verdad y ética del discurso,
Barcelona, Paidós/ICE-UAB.
CORTINA, A. (1995): La ética de la sociedad civil, Madrid, Anaya.
- (1993): Ética aplicada y democracia radical, Madrid, Tecnos.
DEWEY, J. (1958): Democracia y educación, Buenos Aires, Losada.
FREIRE, P. (2002): Educación y cambio, 5.ª ed., Buenos Aires,
Galerna.
HABERMAS, J. (2002): Ciencia y técnica como "ideología",
Madrid, Tecnos.
- (1998): Facticidad y validez. Sobre el derecho y el Estado democrático
de derecho en términos de teoría del discurso, Valladolid,
Trotta.
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