Resumen
La formación del ciudadano es, sin duda, una de las metas más
importantes y prioritarias de las agendas político-educativas contemporáneas.
Tanto en democracias débiles e incipientes, como en aquellas ya
consolidadas, la construcción de una ciudadanía crítica
y participativa parece ser la clave para resolver la diversidad de conflictos
emergentes que reflejan la profunda crisis que afecta actualmente a este
régimen: desigualdades, exclusiones y discriminaciones, en algunos
casos; corrupción política, apatía y escepticismo
cívico, en otros. La salud del sistema, la supervivencia de sus
instituciones y las condiciones de gobernabilidad, pero sobre todo de
legitimidad, dependen de las accione ético-educativas que se encaren
a efectos de capacitar a cada ciudadano para la práctica responsable,
racional y autónoma de su ciudadanía.
La compleja y profunda construcción sociohistórica de la
ciudadanía es fundamentalmente pedagógica ya que opera sobre
la conformación del imaginario y de los hábitos y actitudes
que expresan distintos roles y posiciones dentro del sistema político
y la sociedad civil. Estas acciones se despliegan en el ámbito
de la educación informal, pero sobre todo en el de la educación
formal y sistemática. La formación del ciudadano es un objetivo
fundante de los sistemas educativos nacionales, cuyos currícula,
textos y marcos normativos institucionales se encargan de transmitir determinados
valores, concepciones y estereotipos que conforman la noción individual
y colectiva de ciudadanía.
Este libro pretende analizar críticamente los procesos mencionados
en distintos contextos históricos, culturales y políticos;
contextos que por presentar cierta proximidad pueden permitirnos reconocer
tendencias y aspectos comunes, a pesar de sus contingencias propias.
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Índice
INTRODUCCIÓN
I. REPRESENTACIONES Y PRÁCTICAS DE LA CIUDADANÍA. UNA LECTURA
HISTÓRICO-PEDAGÓGICA DEL CASO ARGENTINO
M.ª Mercedes Oraisón
II. LA CONSTRUCCIÓN DE CIUDADANÍA DEMOCRÁTICA EN
EL URUGUAY. EL PAPEL CENTRAL DE LA EDUCACIÓN Y LA TENSIÓN
ENTRE LOS PRINCIPIOS DE MONOIDENTIDAD Y POLI-IDENTIDAD, COMO MATRICES
CONSTITUTIVAS DE LA CULTURA CÍVICA.
Daniel J. Corbo
III. ESCENARIOS DE RUPTURA Y VALORES COMPARTIDOS EN LA CONQUISTA DE LA
CIUDADANÍA. ANÁLISIS DE LOS PARÁMETROS CURRICULARES
NACIONALES.
Newton Aquiles von Zuben y Sílvio Gallo
BIBLIOGRAFÍA COMENTADA
PRESENTACIÓN DE LOS AUTORES
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Fragmento
Introducción
La formación del ciudadano es, sin duda,
una de las metas más importantes y prioritarias de las agendas
político-educativas contemporáneas. Tanto en democracias
débiles e incipientes, como en aquellas ya consolidadas, la construcción
de una ciudadanía crítica y participativa parece ser la
clave para resolver la diversidad de conflictos emergentes que reflejan
la profunda crisis que afecta actualmente a este régimen: desigualdades,
exclusiones y discriminaciones, en algunos casos; corrupción política,
apatía y escepticismo cívico, en otros. La salud del sistema,
la supervivencia de sus instituciones y las condiciones de gobernabilidad,
pero sobre todo de legitimidad, dependen de las acciones ético-educativas
que se encaren a efectos de capacitar a cada ciudadano para la práctica
responsable, racional y autónoma de su ciudadanía.
Las frustraciones y deudas que ha dejado el
proyecto político de la modernidad no se resuelven con la disolución
de la democracia sino con su radicalización. Coincidimos con Habermas
(1998, p. 61) en que, a pesar de los reclamos, lo que las poblaciones
parecen exigir es más democracia y no menos.
En tal sentido Rubio Carracedo (1990 y 1996)
ha intentado explicar la crisis de las democracias contemporáneas,
y fundamentalmente su cuestionamiento ético, a partir de dos interpretaciones:
por un lado, las distorsiones que ha sufrido el modelo original de democracia
representativa siguiendo la lógica oligárquico-liberal,
y por otro, la desilusión ante las promesas incumplidas del proyecto
revolucionario de 1789 que asumía que la democracia parlamentaria
sería sólo una primera instancia que prepararía el
camino para la realización de una democracia participativa en el
sentido clásico. Rubio Carracedo (1996) ha llamado "la genealogía
de una frustración histórica" al proceso de consolidación
del modelo representativo indirecto institucionalizado por la revolución
ilustrada -en ese entonces, el único posible- nacido con un carácter
provisional. Si bien se pensó que su perfeccionamiento mediante
los progresos en la educación cívica y política permitiría
una participación más activa de los ciudadanos, el sistema
evolucionó de otra manera perpetuando ciertos privilegios y mecanismos
de exclusión y manteniendo los controles sobre el pueblo mediante
el ejercicio de un paternalismo político y moral.
Indudablemente, fueron los factores de poder
los que conspiraron para que no se produjera el paso de un sistema a otro.
Factores, que el pensamiento crítico postmoderno se ha encargado
de desenmascarar. Pero, al proceso de crítica y desmitificación
debe seguir el de construcción y fundamentación, en el que
no puede sino recurrirse a la democracia en su sentido más auténtico.
Como el propio Habermas, muchos autores están planteando la necesidad
de aproximarnos a un modelo procedimental de democracia moralmente deseable.
Y este modelo no es otro que el de la democracia radical o participativa.
"Puesto que "democracia" no significa sino "gobierno
del pueblo" -dirá Adela Cortina-, y puesto que este gobierno
se entiende sobre la base de la isonomía, es decir, de la igualdad
entre los ciudadanos, [...] será democracia radical aquella que
exige la participación directa de todos los ciudadanos en la toma
de decisiones" (Cortina, A. 1993, p. 13).
Ahora bien, reconociendo que la participación
ilimitada es un derecho inalienable, pero que su ejercicio involucra responsabilidades
propias de una ciudadanía madura, hace falta redefinir el concepto
de ciudadano en términos ético-comunicativos ya que la participación
como requisito fundamental de la democracia radical debe ir acompañada
de un principio procedimental básico: que en la toma de decisiones
se tengan en cuenta las opiniones de todos los afectados, reales y potenciales
y que las normas de acción que se consensuen en este proceso, se
fundamenten en criterios susceptibles de ser universalizados.
Esta nueva concepción de la ciudadanía,
que está involucrada en el ideal del interlocutor válido
planteado por Cortina, tiene consecuencias decisivas en el plano socioeducativo.
Desde una perspectiva práctica o empírica, la idea del interlocutor
como "todo aquel ser dotado de competencias comunicativas" presenta
limitaciones en cuanto a su posibilidad de realización, en el sentido
de restringir la condición de auténtica ciudadanía
a aquel sector de la sociedad con estadios lógicos y morales superiores,
con amplios antecedentes de escolarización y un bagaje de información
sociocultural significativo, que tiene -y ha tenido desde muy temprano-,
numerosas oportunidades de participación en distintas instancias
de toma de decisiones.
Por ello, y tal como Dewey (1953) lo ha planteado,
es imposible pensar en una sociedad democrática, justa y solidaria
sin una educación amplia e igualitaria que pueda imprimir en cada
uno de sus miembros el carácter de una auténtica ciudadanía
tal como el que acabamos de plantear. Pero, la relación entre democracia
y educación que postula Dewey (1953, pp. 93 y 94) sigue interpelándonos
como un ideal. Su concepción de una democracia participativa, abierta
e inclusiva y de una educación entendida como la provisión
de igualdad de oportunidades para el pleno desarrollo de las potencialidades
y la justa apropiación de los bienes materiales y culturales de
una sociedad, se recupera y refleja en los reclamos de quienes luchan
por quebrar el carácter conservador y exclusor de las democracias
contemporáneas.
Los reclamos éticos y sociales en pos
de la igualdad, la libertad y la justicia social que se hacen sentir cada
vez con mayor fuerza plantean la urgente necesidad de construir nuevos
contratos que se traduzcan en una democracia más inclusiva, equitativa,
participativa y solidaria. La fundación de nuevas relaciones entre
el Estado y la sociedad civil y de nuevos sujetos cívicos críticos
y motivados moralmente a participar en los asuntos públicos comunitarios
supone una ruptura con la matriz de la ciudadanía dominante.
Tal ruptura no puede hacerse a nuestro entender
sino desde una mirada histórica que nos permita reconstruir y deconstruir
los discursos y las prácticas políticas, sociales y educativas
que conformaron aquella matriz. Desde este marco de interpretación
podrán realizarse lecturas alternativas y proponerse nuevas formas
de entender y de educar a la ciudadanía.
La compleja y profunda construcción sociohistórica
de la ciudadanía es fundamentalmente pedagógica ya que opera
sobre la conformación del imaginario y de los hábitos y
actitudes que expresan distintos roles y posiciones dentro del sistema
político y la sociedad civil. Estas acciones se despliegan en el
ámbito de la educación informal, pero fundamentalmente en
el de la educación formal y sistemática. La formación
del ciudadano es un objetivo fundante de los sistemas educativos nacionales,
cuyos currícula, textos y marcos normativos institucionales se
encargan de trasmitir determinados valores, concepciones y estereotipos
que conforman la noción individual y colectiva de ciudadanía.
A la par, tales valores, concepciones y estereotipos
se internalizan mediante otro tipo de mecanismos y dispositivos implícitos
y ocultos, que parecen tener mayor eficacia que los contenidos explícitos
a la hora de naturalizar una determinada imagen y patrón de comportamientos.
Los contenidos implícitos forman hábitos y actitudes que
se reproducen sin que medie una racionalización, y de esta manera
configuran mentalidades que permiten a los alumnos identificarse con determinados
modelos y paradigmas que responden a ciertos mandatos sociales. Por ello
se hace particularmente necesario revisar los procesos de construcción
de la ciudadanía, para reconocer cuáles han sido las representaciones
y los valores que la educación ha contribuido a producir y afianzar,
determinando su validez sociomoral, al margen de su legitimación
política.
En consonancia con la línea pedagógica
del Plan Editorial en Educación en Valores de la Organización
de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura,
este libro pretende analizar críticamente los procesos mencionados
en distintos contextos históricos, culturales y políticos.
Contextos que por presentar cierta proximidad pueden permitirnos reconocer
tendencias y aspectos comunes, a pesar de sus contingencias propias.
La cuestión de la construcción
de la ciudadanía resulta central el marco de la crisis política,
social, económica y cultural que afecta con especial énfasis
a los países de nuestra región. Ninguna modificación
de este escenario podrá operarse si los actores involucrados como
agentes directos no asumen un nuevo rol e identidad. Se plantea pues la
necesidad de pensar en un nuevo sujeto ciudadano, para lo cual se hace
imprescindible mirar primero hacia el pasado a fin de reconocer las concepciones
que se gestaron históricamente y de las que hoy se sostienen, de
discriminar los valores, representaciones y estereotipos implicados en
estas concepciones y en el conjunto de prácticas sociales que en
ellas se fundan y de valorar el papel que le cupo a la escuela en esta
conformación. Esta mirada retrospectiva puede ayudar a tomar conciencia
y a posicionarse mejor frente a la realidad que se quiere interpretar
y transformar, para, a partir de este análisis, poder reconfigurar
los supuestos y las bases normativas de la construcción de la ciudadanía
del siglo XXI.
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