Resumen
Esta edición especial en soporte papel de la Revista Pensar Iberoamérica,
recoge aportes intelectuales producidos por especialistas y personalidades
de ámbito internacional sobre diversos temas vinculados a los procesos
de transformación que viven las sociedades iberoamericanas y que
tienen como base el modelo de cooperación cultural que desarrolla
la OEI: Cultura y Cooperación: Francisco Piñón; Jóvenes:
Jesús Martín Barbero; Industrias culturales: George Yúdice:
Derecho: Jesús Prieto; Políticas culturales: Lucina Jiménez:
Sociedad: Marta Porto; Educación: Belisario Betancur; Formación:
Alfons Martinell, Comunicación: Luis Alberto Quevedo y Albino Rubim.
La Carta Cultural Iberoamericana, los programas de cooperación
y coproducción, la creación de redes de instituciones culturales,
los observatorios culturales o la elaboración y adopción
de políticas públicas en la región, son algunos de
los ejemplos que arrojan alguna luz sobre las prácticas de políticas
culturales en Iberoamérica.
Asimismo la publicación da cuenta de algunas de las expresiones
artísticas en artes plásticas, escénicas y audiovisuales,
que contextualizan el pensamiento y la reflexión y que ofrecieron
a la sociedad un aporte especial, más allá del exclusivamente
estético o artístico.
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Sumario
Editorial: Fernando Rueda
Presentación
El espacio cultural Iberoamericano: Francisco Piñón
Reflexiones
Jóvenes: comunicación e identidad: Jesús Martín
Barbero
Las industrias culturales: más allá de la lógica
puramente económica, el aporte social: George Yúdice
Cultura, economía y derecho, tres conceptos implicados: Jesús
Prieto de Pedro
Políticas culturales y cooperación internacional para la
diversidad y la equidad: Lucina Jiménez
Brasil en tiempos de cultura: escena política y visibilidad: Marta
Porto
Diálogos
Aprendizaje del porvenir: Belisario Betancur
Comunicación y Cultura: una relación simbiótica:
Albino Rubim y Luis Alberto Quevedo
Experiencias, proyectos redes
Carta Cultural Iberoamericana
Interlocal: Red Iberoamericana de ciudades para la cultura
Observatorios culturales
Sistemas Nacionales de Cultura
La Formación en Gestión Cultural: Alfons Martinell
Programa Ibermedia
Cultura y Sustentabilidad (Proyecto ICSI)
Diálogo Derechos Culturales: Annamari Laaksonen
Campus Euroamericano de Cooperación Cultural
Agenda de Políticas Pública de Lectura CERLALC-OEI
Programa ACERCA de la AECI
Artes
Semblanza - Oswaldo Guayasamín
Inspiración de jóvenes artistas: Alicia Alonso
Música: El milagro de Candeal
Reseñas
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Fragmento
Presentación
El espacio cultural Iberoamericano
Francisco Piñón (1)
Profundos e intensos cambios están sacudiendo al mundo. Lo estable
se transforma, se recrea o se disuelve. Con distinto grado de magnitud,
los marcos mentales y sociales que han servido de referencia a individuos
y colectividades están en crisis.
Se trata de una ruptura histórica, de una fractura sistémica,
cuyas implicaciones tanto prácticas como teóricas tienen
alcance universal. Se trata de un "cambio de época" en
el que se está llevando adelante el traspaso a una sociedad del
conocimiento. Un "cambio de época" en el que se ha vuelto
imperioso reconstruir nuestras cartas de navegación y encontrar
nuevas formas de orientación en el mundo.
Transformación y crisis; viejas y nuevas desigualdades; cambios
paradigmáticos y veloces; interdependencias crecientes y parciales;
Estados cruzados por movimientos globales y demandas locales, son algunas
de las referencias usuales en los análisis contemporáneos.
Ellas forman parte del vocabulario utilizado para intentar dar cuenta
de una ruptura que se expande y se despliega en forma desigual por territorios,
estados, fronteras, culturas y sociedades. Que conecta y desconecta a
naciones, pueblos e individuos en un mundo que se ha vuelto más
desigual.
Un mundo en el cual el ingreso medio en los 20 países más
ricos es 37 veces mayor que el de los 20 más pobres y, en el que
la expresión de esta inequidad se exacerba cuando concentramos
la mirada en América Latina. En los albores del siglo XXI, el 20%
de la población latinoamericana con mayor riqueza recibe 60% del
ingreso disponible, mientras que el 20% más pobre accede tan sólo
al 3%.
Ello tiene su traducción en el acceso dispar a activos que van
desde la tierra a los salarios, de la salud a las tecnologías,
de la educación a los bienes culturales y a la ciudadanía.
Sin embargo, como ha señalado el sociólogo brasileño
Octavio Ianni, la globalización debe ser pensada en términos
de integración y fragmentación, como un proceso que abre
también múltiples posibilidades.
En este sentido, el singular momento histórico por el que estamos
transitando supone riesgos y desafíos pero al mismo tiempo nos
abre posibilidades y oportunidades que pueden ser únicas. Una de
estas oportunidades pasa por comprender y valorar el carácter central
que ha adquirido la cultura en los estilos de desarrollo de cara a una
sociedad del conocimiento.
Es ella la que proporciona el sentido capaz de orientar nuestras acciones
hacia lo que queremos ser. La cultura es la que atraviesa todas las producciones
materiales e inmateriales que forman parte del acervo pasado, presente
y futuro de nuestros pueblos. Como complejo proceso por intermedio del
cual se producen, circulan y consumen significaciones sociales, la cultura
es el reservorio vivo de capacidades a partir de las cuales pensar y actuar
en nuestras sociedades y sobre las cuales construir condiciones de equidad
e igualdad de oportunidades. Junto con la inversión en educación
y la inversión en ciencia y tecnología, la cultura es un
punto nodal en el corazón de los estilos de desarrollo y debe tener
una presencia central en las políticas públicas.
Ello adquiere particular relevancia en este contexto, donde la transformación
tecnológica difunde un proceso de industrialización y especialización
cultural que impacta sobre la conformación de identidades, al mismo
tiempo que las transformaciones globales intensifican las interdependencias
y generan una reconfiguración de las instancias nacionales, demasiado
pequeñas para lo global y excesivamente grandes para responder
a las demandas locales.
Por un lado, las interdependencias nos exigen una mayor disponibilidad
para convivir con los otros, con los diferentes. Nos remiten a una toma
de conciencia y a un reconocimiento de la diversidad cultural como valor
a promover. Esto no oculta, sin embargo, que son estas mismas interdependencias
las que aumentan también las posibilidades de nuevos conflictos.
Por el otro, el carácter transnacional que guía tanto la
producción de significados y símbolos como los intercambios
culturales nos exige, en cambio, la necesidad de buscar en la integración
y en la cooperación horizontal entre Europa y América una
vía para compensar su carácter asimétrico. Es por
esta vía que será posible sostener e incrementar la capacidad
de producción, de consumo, de circulación y de intercambio
de bienes culturales con la que cuenta actualmente Iberoamérica.
Este incremento de la capacidad iberoamericana tiene un rol estratégico
al definir nuestras posibilidades presentes y futuras de negociar, interactuar
y confrontar con otros sistemas socioculturales en condiciones de mayor
igualdad.
De allí la importancia de avanzar además en la institucionalización
y consolidación del "espacio cultural iberoamericano".
Un espacio geoestratégico en el que confluyen algo más de
500 millones de hispano-luso parlantes, con un importante potencial en
materia de industrias culturales, patrimonio cultural y turismo.
Este "espacio cultural común" remite a una identidad
abierta y dinámica, una y diversa. A esa matriz de identificación
colectiva cuya particularidad se encuentra recogida en la Carta Cultural
Iberoamericana -presentada en la VIII Conferencia Iberoamericana de Cultura-,
compromiso político de ámbito regional que consagra a Iberoamérica
como un sistema de diversidad y que a la vez posibilita la proyección
de sus culturas hacia el exterior bajo la forma de un gran sujeto cultural.
Se trata de reconocer así en nuestras identidades un elemento
transformador de los vínculos sociales. Son ellas las que ponen
en juego a la cultura como dotación de sentido, de un sentido que
es colectivo. Un sentido que se encuentra "desvalorizado" por
la reducción de las interacciones sociales a competencias mercantiles.
Las identidades entonces nos arraigan y nos universalizan. Son nuestras
señas particulares pero al mismo tiempo son el modo en que nos
insertamos en las cadenas de mensajes, bienes e intercambios culturales.
Son ellas las que nos permiten hacernos una imagen del mundo e ingresar
en ese circuito donde la diferencia se vuelve diversidad y nos realimenta.
Las políticas culturales recalan así en un vértice
en el que confluyen los gobiernos, los mercados y la sociedad civil. En
ese vértice tiene lugar el proceso de producción, distribución
y circulación de bienes y mensajes. Es un proceso delicado en el
que se sedimentan las memorias. Un sinuoso recorrido temporal, marcado
por diferencias y conflictos, en el que se van generando condiciones para
la innovación y la creatividad.
En un momento en que los Estados se ven desbordados por arriba y por
abajo, por lo global y por lo local, la cooperación cultural resulta
central para recomponer el sentido de los procesos que estamos viviendo
y enfrentar los desafíos del siglo XXI.
(1) Del discurso inaugural: IV Campus Euroamericano de cooperación
cultural
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