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I Coloquio Tres Espacios Lingüísticos ante los Desafíos de la Mundialización.
Paris, Francia. Marzo 2001

Discurso de Su Excelencia Señor Gustavo Noboa Bejarano
Presidente de la República de Ecuador

Uno de los tres espacios lingüísticos que se han escogido para que se ensayen breves reflexiones sobre ellos y las circunstancias premiosamente cambiantes del mundo de ahora, cuyo destino cultural parece presidido por la subitaneidad y la luz del relámpago, es el del idioma español. Y debo yo asumir precisamente la responsabilidad de meditar algunas observaciones que conciernen a éste, a su naturaleza rica de vigor y de presencia, a sus lindes ultramarinas, que se extienden entre dos continentes para que lo hablen cerca de cuatrocientos millones de seres. Todos unidos por ese parentesco espiritual, tan persistente y unificador como el de la sangre. Confieso así que también es mío el convencimiento lúcido que le poseía a Don Miguel de Unamuno cuando aconsejaba reconocer con el nombre genérico de nación de las letras castellanas a este haz de pueblos que han venido creando obras maestras de la inteligencia con un incolutable parecido de familia.

De manera que no he de exponer juicios pertinentes a mi asunto sin antes dejar en claro el intento que me anima, ajustado quizás a la inspiración de este respetabilísimo cónclave, y que es el de señalar los efectos producidos por la lengua española en el encuentro de esos dos mundos distantes, y cada vez menos distintos de España y América. Aquel encuentro a cumplido ya su quinto centenario, y nos mantiene fieles todavía a un fecundo pero complejo connubio de culturas. Y desde luego procuraré en el tratamiento de este punto y de otros que le resulten conexos subrayar la revelación del comportamiento de nuestras facultades lingüísticas frente a las incitaciones y los desafíos que vienen aparejados a la ley inexorable de los cambios en la vida de las sociedades, más aún en las de nuestro milenio.

Porque, igual que a muchos, me cabe la certidumbre de la acción determinante de los idiomas en el rumbo de la historia. De ahí que me placería, como medio de entendimiento y no de confrontaciones, como fuerza de unificación y no de disyunciones, como fuente de alianzas sin desequilibrios ni aplicaciones de excelencias propias e individualizantes de cada país o región, recomendar la defensa y perfeccionamiento de sus instrumentos lingüísticos. Solamente entonces llegarían estos a convertirse en garantías de consecuencias positivas frente a los presagios –quien sabe si fastos o nefastos–, del movimiento englobador de la civilización actual y en respuesta eficiente a la necesidad, a medias satisfecha, o más bien preterida de la interrelación de culturas del mundo en que vivimos.

Ninguna falta hace que me ponga a insistir en la gravitación de las lenguas en el rumbo de los hechos, a lo largo de todos los tiempos. « En el principio era el Verbo », nos dice San Juan, humanizando a Dios y deificando la palabra. Y desde cuando el homo loquens de la prehistoria consiguió tras esfuerzos de desarrollo interior de miles de años, articular los vocablos que le harían romper su incomunicación y aislamiento, no han cesado nunca las mudanzas en la vida colectiva de los hombres. Eso es una evidencia para cuantos aciertan a mirar con lucidez el pasado. Que son precisamente aquellos estudiosos que andan demostrando que las grandes transformaciones de los pueblos han estado precedidas siempre por la elocuencia de la palabra, esto es, por las ideas que circulan de un lugar a otro y de una generación a otra, verbalmente primero y mediante las páginas de los libros después. De manera que los héroes del pensamiento se han adelantado invariablemente a los héroes de la acción. Me satisface, al respecto, recordar el caso de las naciones de la América hispana, en donde, diciéndolo hoy con una expresiva metáfora, los conductores de su emancipación política acostumbraban llevar los textos revolucionarios del filósofo Juan Jacobo Rousseau en sus mochilas de guerreros. Los nombres de aquellas figuras generosas comparecen aquí espontáneamente: Bolívar, San Martín, Miranda.

Ha sido pues ésa una prueba, entre muchas, de la capacidad orientadora e impulsadora de los idiomas en el movimiento transformador y civilizador de las sociedades. Por ello le sobran razones al humanista Alfonso Reyes, en su fino estilo, « que si el maestro enseña a no escribir torcido, la ley enseña después a no obrar torcido ».

Pero lo que se hace indispensable en este punto, puesto que hablo –ya lo mencioné– de una lengua que emparienta a España con América, es evocar el impresentido antecedente que determinó la incorporación de nuestro haz de pueblos al destino histórico y a la vieja cultura de Occidente : ésta que nos hace reunido precisamente aquí para descifrar los efectos de las complejidades de globalización del mundo de hoy, en la conducta de tres de sus principales instrumentos lingüísticos, incluido el hispánico. Y la concreción de dicho propósito me lleva a recordar inicialmente que el nacimiento del castellano escrito, en la América del Descubrimiento, origen de nuestro enlace intelectual con el mundo, puede ser señalado con lugar, día, fecha y hora exactos. Cosa desde luego única en la historia universal. Está registrado efectivamente que el viernes 12 de octubre de 1492, a las 2 de la madrugada, a dos leguas de la isleta de Guanahaní, el navegante y descubridor genovés Cristóbal Colón anotó en su diario las primeras impresiones de la tierra que estaba contemplando, en las cuales latía un alma sorprendida, y quizá también tempranamente enamorada.

Escribía Colón en su barca, en una hoja de papel, sus palabras testimoniales. Y reveladoras. Pero las escribía en español, y no en italiano nativo. Y en el instante en que lo hacía, el milagro comenzaba a cumplirse sin que el Descubridor ni siquiera lo intuyese, como ocurrió con las dimensiones de su propia hazaña : la de haber redondeado la faz de la tierra. Porque aquella página del diario colombino iniciaba una de las revoluciones más profundas, más significativas y trascendentes de la historia. Era la primera vez que se usaba el papel en América y sobre todo que se empleaba allí el lenguaje español. Las palabras no podían expresar tanta novedad y tanto deslumbramiento. A pesar de su riqueza –puesto que ese idioma era uno de los más desarrollados y hermosos de toda Europa en la hora brillante del renacimiento–, ni las palabras de Colón, ni las de los compañeros españoles de sus cuatro viajes, ni las de los conquistadores y colonizadores de los años siguientes, ni las de los autores hispanos de la centuria posterior, se mostraban suficientes para abarcar la realidad que se les iba desvelando. Tuvieron entonces, paulatinamente, que ir dejándose socorrer por el habla de los indios, por los vocablos insustituibles de las lenguas nativas, oralmente importantes, de ese continente. A fuerza de ello se produjo, no en el mismo grado que el de la sangre, o de los hábitos, o de un buen número de manifestaciones culturales, la relación de dichos componentes lingüísticos. Y esa relación sigue siendo uno de los signos de nuestra realidad hispanoamericana.

Pero lo que primordialmente conviene es comprender los atributos del español en el proceso civilizador de nuestra América. Al contemplar hoy sus resultados se debe manifestar que el idioma traído por España nos ha dado una casa espiritual común e infinita, en que caben nuestras ideas, nuestros usos, nuestras intimidades, nuestra fe. El nos ha construido, precisándolo mejor, un mundo propio : el mundo hispánico de aquende y allende el mar.

Yo me permito suponer que, juzgándolo así algunas de las grandes personalidades de América han coincidido en celebrar la acción imponderable del idioma de Castilla en la suerte de nuestra cultura, en la definición de nuestras facultades mejores, en el crecimiento de nuestra presencia orientadora, frente a los azares del mundo contemporáneo. Veáselo, en efecto : Ernesto Sábato, escritor extraordinario de la Argentina de estos años, hijo de padre y madre italianos, sin renegar efectivamente de esa progenie, ha declarado que se siente más descendiente de Cervantes que de Dante. Y que no admite ni siquiera que se nos apellide pueblos jóvenes, porque pertenecemos al ámbito rico y milenario del idioma español. Y el genial ensayista ecuatoriano, Juan Montalvo, reconocido por la crítica de España, en su siglo XIX, como el príncipe de la prosa castellana, hizo como nadie una profesión de amor e inteligencia en el aprovechamiento de sus secretos y excelencias.

Por fin, aspiro a que estas reflexiones nos conduzcan a delinear los modos de preservar celosamente, la gloria de cada una de nuestras lenguas : su integridad, su pureza, sus encantos característicos, su fuerza de comunicación y persuasión en los momentos más inciertos y aciagos de la sociedad universal a que estamos arribando. Procuremos que las bondades del idioma se extiendan eficazmente entre las multitudes todavía depauperadas, a quienes les sigue afligiendo la escasez del alfabeto, para que aprendan a deletrear el nombre de sus derechos. Procuremos que los libros representativos de los varios horizontes regionales y nacionales, tengan acceso a los principales centros civilizados del mundo, facilitándoles su circulación extranjera. No olvidemos que aún en las grandes capitales de Europa, solamente la mitad de los hogares abren sus puertas a la lectura.

De otro lado, para nadie es desconocido que la marea incontenible de los medios de información y la descontrolada expansión de los sistemas visuales y televisuales ultramodernos, si bien nos han confundido positivamente a todos, en un solo haz humano, con palpitaciones de vida perceptiblemente uniformes, no por ello han dejado de trocarse en una severa amenaza de disolución de las identidades culturales que nos son propias, y por lo mismo irrenunciables.

Bueno es, entonces, que oportunamente se repare, en que toda propensión igualitaria en este campo será depredadora de las excelencias propias, y que en consecuencia llevará en sí misma una atroz maldición allanadora y mediocrizante. Ojalá pues, la divisa de nuestro tiempo, azarosamente proteico, sea la de la apoteosis unánime de los idiomas y de su imprescriptible obra creadora.

Recordemos que en el uso del lenguaje, como en todo acto consciente del ser humano, existe y debe ser respetada una ética que contribuye a la afirmación de valores permanentes como el del diálogo, la cooperación, la subsistencia de las culturas y la creación de una civilización rica y fuerte por la diversidad y no por el predominio de la homogeneidad.

La diferencia entre las lenguas no implica una jerarquía, una lengua es una forma de vida que hay que respetar, todo ser humano tiene el derecho a expresarse en su propia lengua : he allí unas reglas simples cuya observancia puede contribuir a que este siglo que comienza y todos los siglos sean abiertos al diálogo de las culturas y de las civilizaciones, indispensables para la paz y el progreso.

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