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OEI - Tres espacios
lingüísticos - I Coloquio
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Señores Presidentes,
Señores Secretarios Generales,
Señoras, Señores,
Deseo agradecer y saludar a mi amigo, el Presidente Joaquim Alberto Chissano, Presidente de la República de Mozambique. Permítame, Señor Presidente, evocar un recuerdo personal. Era en junio de 1998. Usted me había invitado a Mozambique. Como es costumbre, yo debía reunirme con la comunidad francesa en el Centro cultural. Usted quiso venir a saludar a los franceses de Maputo y a expresarles, en un francés impecable, su deseo de ver a Mozambique asociado a la aventura francófona. Nosotros quedamos muy emocionados por su gesto y estoy particularmente feliz de verlo hoy aquí representando a la comunidad lusófona.
Saludo también al Presidente Gustavo Noboa, Presidente de la República del Ecuador, y le doy la bienvenida a Francia. Su presencia en París nos honra. Usted trae la voz de los hispanohablantes, especialmente la de los de América Latina. Su país encarna la pluralidad de los pueblos y las culturas. Le agradezco por participar en este encuentro.
Encuentro que tiene lugar en un momento crítico. En este Año del diálogo entre las civilizaciones, algunos hombres se han empeñado en borrar los testimonios del diálogo iniciado en Gãndhãra entre Oriente y Occidente, hace más de 2000 años. Junto a los Budas de Bamyan, de quince siglos de antigüedad, también son saqueados, lamentablemente, los tesoros del Museo de Kabul, Ghazni y Hera: los torsos greco-búdicos, los Bodhisattvas con rostro de Afrodita o Ganímedes, que evocaban el encuentro de los soldados de Alejandro con los jinetes de las estepas y los ascetas de la India.
Señor Director General, yo saludo sus esfuerzos y los de su enviado especial, el embajador Pierre Lafrance. Lo irremediable ya ha ocurrido, pero debemos seguir actuando, en nombre de la civilización, con la esperanza de salvar lo que aún puede salvarse.
Estas destrucciones, actos bárbaros e injustificables, se inspiran en el oscurantismo que conduce también a la inaceptable y vergonzosa humillación de las mujeres y a la represión de las libertades en Afganistán. A los que vacilan, a los que dudan, estas recuerdan los peligros del fanatismo y el deber de tolerancia. El mundo necesita anudar los hilos de un diálogo confiado entre las civilizaciones. Donde cada uno se sienta respetado en lo que le es más preciado: sus convicciones, sus raíces, sus tradiciones. Pero donde cada uno se acerque al otro, el que viene de otros horizontes o del pasado, con un espíritu de apertura y deferencia. Un diálogo que prevenga el autismo cultural, las rebeliones contra la modernidad.
Nuestro encuentro debe contribuir a ello. En nuestro nombre agradezco al artesano, nuestro amigo Boutros Boutros-Ghali. Hoy, querido Boutros, deseaba rendirle homenaje, pues, desde la Cumbre de Hanoi en 1997, usted ha inventado y afirmado plenamente la función de Secretario General de la Francofonía.
Señor Secretario General, ¡quién mejor que usted podía aprehender los desafíos de la diversidad y lanzar en nombre de la Francofonía un acercamiento como éste! Cristiano en tierra islámica, hijo de aquellos coptos que nos ligan al antiguo Egipto, francófono en tierra de lengua árabe, africano de Oriente, artesano de la paz cuando esta parecía inaccesible, usted está por origen y por cultura en el cruce de caminos. Usted es el hombre de las conciliaciones improbables. A la cabeza de la Francofonía, no ha dejado de organizar el frente común de las civilizaciones contra el riesgo de uniformización que trae la mundialización.
Usted y yo, querido Boutros, compartimos la misma convicción. En un mundo cada vez más abierto a las ideas y al comercio, ninguna colectividad sobrevivirá si permanece cerrada sobre sí misma. Triunfar en la mundialización es abrirse a los intercambios y aportar al mundo tanto cuanto se recibe de él. Un déficit comercial prolongado debilita un país. Pero un largo déficit en los intercambios de ideas produce efectos aún más perniciosos. Frente a la potencia de un sistema dominante, es tarea de los otros reunirse y unir sus fuerzas para restaurar la igualdad de oportunidades y hacer oír su voz.
La Francofonía no podría por sí sola llevar adelante este combate, que no es sólo el combate de la Francofonía. Lo que ha reunido a los francófonos y funda su acción hoy en día el espíritu de solidaridad, la pasión de la diversidad, la voluntad de una mundialización en beneficio de todos, el afán de preservar todas las oportunidades para el futuro ha reunido también a otras familias lingüísticas y culturales, con rasgos comunes y los mismos designios.
Hace casi un año, y ya por iniciativa suya, el Instituto del Mundo Arabe recibía el primer encuentro entre arabófonos y francófonos. Hoy, el diálogo de las culturas franquea una nueva etapa. Iniciamos el acercamiento, natural, evidente, fraterno, de nuestras comunidades hispanohablante, lusohablante, francófona e incluso ítaloparlante, ya que contamos entre nosotros al Secretario General de la Unión Latina.
A través de nuestras cinco organizaciones, 79 Estados y Gobiernos de todos los continentes, que representan mil doscientos millones de hombres y mujeres, dan prueba de su voluntad de seguir siendo ellos mismos, de poner la mundialización en sus manos, de ejercer todo su peso político, económico, demográfico. Más allá de los desafíos inmediatos, tenemos en común una visión del mundo. Nuestra alianza es la esperanza y la voluntad de realizarla mejor. ¿Qué queremos?
Queremos un mundo en paz. La paz interna ante todo, para todos los Estados que albergan comunidades distintas en cuanto a la lengua, la religión, el origen étnico, la cultura. Comunidades para quienes nuestras tres lenguas no suelen ser las lenguas maternas, sino una herencia sufrida antes de ser asumida. Comunidades que a menudo fueron invadidas por otras y que a veces se sienten aún golpeadas.
La experiencia nos enseña que el desarrollo económico no basta para garantizar una coexistencia armoniosa. Es preciso también que haya instituciones que organicen el diálogo, la transmisión de valores, la convivencia de culturas, que garanticen el respeto de las minorías y de los más vulnerables.
Francia, que se ha construido con la afirmación de una identidad nacional única, sabe cuán difícil es encontrar este equilibrio entre un comunitarismo reductor y un individualismo mutilador. Nosotros ganaríamos mucho con el intercambio de nuestras experiencias nacionales sobre este tema para no quedar encerrados en nuestros problemas y encontrar soluciones nuevas en la confrontación de puntos de vista.
La paz internacional también. No comparto el temor de un choque de civilizaciones, de un enfrentamiento necesario entre grandes áreas culturales, después del de las nacionalidades. Creo incluso en las virtudes de la gran mezcla de hombres e ideas, gracias a los progresos tecnológicos, para dar a cada uno la noción de su justo lugar y del otro. Pero veo que muchos conflictos se nutren no sólo de la voluntad de poder y la apropiación de recursos, sino también de la intolerancia y los prejuicios entre pueblos vecinos con historias y tradiciones rivales. Y soy sensible al potencial desestabilizador de un mundo donde se chocarían sin freno ambiciones universalistas enfrentadas.
¿Cómo ser más eficaces frente a los conflictos armados, a través de mediaciones o procesos de paz? Comparemos nuestras experiencias y unamos nuestros esfuerzos, mediante programas de intercambios y cooperación. En la ONU, concertémonos más y actuemos juntos en proyectos comunes. Decidamos por ejemplo que nuestros países, mediante la ratificación conjunta del estatuto de la Corte penal internacional, provocarán su entrada en vigencia a partir de 2002. Francia lo propondrá a sus pares en la Cumbre de Beirut.
Queremos un mundo donde se encarne nuestro ideal humanista. Un mundo que respete los derechos del hombre y la democracia, como lo han afirmado los francófonos en Bamako. Un mundo que domine los flagelos y los excesos de la mundialización; que reduzca sus riesgos y desigualdades; que frene sus apetitos depredadores. Solidaridad Norte-Sur, desarrollo sostenible, preservación y distribución de los recursos naturales, protección del medio ambiente y de la biodiversidad, respeto de la bioética: en todos estos terrenos, la confrontación de los modos de razonar, los sistemas de organización, los valores, las aspiraciones y las sabidurías, pueden ofrecer soluciones inéditas.
Las civilizaciones primeras tienen aquí un lugar particular. Sobre ellas pesa la amenaza de extinción, por lo que se hace más urgente la elaboración de una nueva ética planetaria capaz de guiar el porvenir del hombre guardando en la memoria su origen y sus vínculos con el medio natural del que no puede disociarse. Me alegro de que tantos de nuestros países hayan iniciado el indispensable trabajo de memoria para reconocerlas, consagrar su aporte al genio de la humanidad y organizar su representación. Unámonos, nosotros que contamos en nuestro seno muchas comunidades primeras, para hacer adoptar por la ONU la Declaración de los derechos de los pueblos primeros, que se ya ha postergado demasiado.
Queremos un mundo que celebre su diversidad en la expresión de los valores universales. El primer paso es el de la batalla de las lenguas. Debemos reafirmar solidariamente el principio del multilingüismo en la sociedad internacional. Procuremos que nuestras lenguas mantengan su derecho de ciudadanía en las negociaciones internacionales. Esta es una condición previa. Si nos mantenemos alertas, nuestro número y nuestra influencia pueden crear la diferencia. Propongo que nos encontremos sistemáticamente en cada organización internacional para hacer valer este derecho.
Debemos instituir un verdadero plurilingüismo desde la escuela. Somos varios quienes hemos lanzado este combate en la Unión Europea. Y ahora debemos extenderlo a todos nuestros países. Se trata de organizar, desde la más temprana edad, la enseñanza de una lengua extranjera y luego, desde el segundo ciclo, la enseñanza de una segunda lengua extranjera. El objetivo es despertar en las nuevas generaciones la curiosidad por el Otro, permitirles vivir la lengua, ya no como un obstáculo, como suele serlo, sino como una invitación al encuentro.
El acceso universal a la información se ha vuelto una de las claves de la modernidad. Debemos copar masivamente las redes informáticas y superar ese desafío: la democratización de los nuevos instrumentos de la comunicación, especialmente Internet.
Propongo la creación de un Portal de Culturas Latinas en Internet, que enlace nuestros sitios culturales y científicos. Esto permitiría a todos el acceso gratuito a todos los tesoros de nuestros ámbitos públicos: bibliotecas, mediatecas, cinematecas, museos, universidades y establecimientos científicos. Nuestras organizaciones pueden ser las iniciadoras de esta red del patrimonio y del saber.
También, y tal vez en primer lugar, debemos movilizarnos en el terreno económico y comercial. La diversidad cultural, así como el medio ambiente, las normas del trabajo y las prácticas anti-competencia se encuentran entre los retos de la liberalización del comercio y la inversión. Signo de los tiempos: hace un año, en la Cumbre de Okinawa, los Jefes de Estado y de Gobierno del G8 abordaron esta cuestión.
Nuestro enfoque es el mismo con respecto a la creación y la cultura. Pienso en usted, Jorge Semprún, quien nos hará el honor de cerrar est encuentro. Gran escritor que mezcla las culturas hispanohablante y francófona, usted es también un transmisor en ambos sentidos. Me viene a la memoria uno de sus libros, La escritura o la vida. La escritura o el arte, para vivir o sobrevivir, para denunciar, gritar el sufrimiento o la alegría, suspirar de amor, testimoniar, mantener la esperanza. Decididamente, no, ¡la creación jamás será un producto como los demás! ¡Nada es más ajeno a las leyes del mercado! La creación es de otra esencia. Obedece a otra necesidad: la del alma. Debe ser apoyada.
Por supuesto, la cultura se difunde también por los canales del comercio y debe circular libremente. Por supuesto, la mundialización ha trastornado la concepción y el papel de los Estados como ha trastornado las nociones de tiempo y espacio, ha desdibujado las fronteras físicas y las soberanías. Pero le corresponde al Estado organizar un entorno jurídico, fiscal, social, intelectual o industrial que favorezca el florecimiento de las obras. Ayudar a la producción y la exportación culturales que, cuando toman la vía de la creación original y nacen de lenguas distintas del inglés, no franquean fácilmente el umbral de la rentabilidad. Les toca a nuestros Estados examinar juntos el mejor modo de apoyar la producción de los cines y las televisiones de lenguas latinas. Les toca unirse decididamente, para preservar la diversidad cultural en la OMC.
Vayamos más lejos y hagamos que la UNESCO reconozca ese derecho a la diversidad cultural. Un grupo de Estados, entre los cuales se cuenta Francia, se encuentra reflexionando sobre una declaración universal que constituirá el acto fundador. Hay que apoyarla.
Sobre todos estos temas necesitamos proyectos concretos. Propongo que nuestros cinco Secretarios Generales sellen nuestra alianza mediante un acuerdo que defina los campos de cooperación y establezca el seguimiento de su realización.
Señores Presidentes, Señoras y Señores,
Preservar la diversidad de las lenguas y las culturas, como la de las especies vivientes será una de las grandes tareas de este siglo. Queremos que el mundo de mañana sea rico, abundante, múltiple, creativo. Porque tal es la grandeza de lo viviente y tal el genio de la humanidad. Porque el progreso nace de la confrontación de las ideas y los valores, del diálogo de las civilizaciones.
Y nosotros, comunidades lingüísticas de tradición latina, lo sabemos bien. Por nuestros orígenes, nuestras historias, con sus tragedias pero también su grandeza. Mejor que otros, sabemos cuánto se aprende y cuánto se gana en el diálogo pacífico de los pueblos.
Hace casi dos años, fui invitado por el Presidente Cardoso a Río cuando Carlos Fuentes recibió el Premio de la Latinidad, que se entregaba por primera vez. Recuerdo las palabras con las que él evocó entonces el papel futuro de nuestra gran comunidad latina. Ella es la suma de sus partes. Incluye y jamás excluye. Sin despreciar a nadie, nos libera a todos. Debe ser la carabela, el buque insignia de un siglo XXI que será diverso o no será.
En otros tiempos, en la Sorbona, estudiantes y sabios provenientes de toda Europa, de Cracovia, Boloña, Salamanca, Coimbra, Cambridge, Heidelberg, se encontraban para dialogar en esa lengua latina que les era común y que sigue viviendo a través de nuestras herencias respectivas. De aquellos intercambios nació una visión del mundo llena de ciencia, razón, libertad. Ojalá nuestra reunión, por los proyectos que lance, por las resoluciones que adoptemos, pueda esbozar un humanismo universal. ¡Un humanismo para el siglo XXI!
Muchas gracias.
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