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lingüísticos - I Coloquio
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Las lenguas, en su riqueza y complejidad, dan lugar a múltiples formas de abordaje: tanto desde la perspectiva política, que permite fijar marcos orientadores desde donde leer los ejes que diseñan las características centrales de su problemática, como desde el análisis de sus componentes, que esclarecen sobre el tratamiento de la cuestión.
En las últimas décadas, la inquietante dimensión adquirida por la llamada Revolución Científico-Tecnológica, provocó un conjunto de mutaciones tan profundas como insospechadas. Incluso, este proceso de cambio se ha producido con una vertiginosidad tal que inevitablemente ha extendido en el seno de las sociedades una profunda sensación de incertidumbre y ambigüedad.
La época que estamos transitando es portadora de oportunidades, por ello debemos trastrocar las incertidumbres en herramientas para el desarrollo pleno de aptitudes y capacidades.
La percepción del presente como horizonte ensombrecido, fruto del debilitamiento de los paradigmas que hasta aquí orientaban la lectura del acontecer, va progresivamente dejando lugar a nuevas matrices de pensamiento, que se van generando en el esfuerzo de comprensión del momento histórico que vivimos.
En ese contexto, donde conviven dudas y certezas, asechanzas y oportunidades, la pregunta por la cultura se torna imperativa. Al respecto, acondicionar los recursos teóricos y conceptuales a los requerimientos de época es claramente imprescindible para atender con eficacia los desafíos presentes, en especial por la característica de novedad histórica que los distingue.
Y en el curso de tal indagación, la identificación de ecúmenes culturales en cuanto espacios de consolidación de modos y estilos de producción simbólica, resulta de gran utilidad para afrontar el proceso de configuración de los actores que han de edificar la naciente sociedad planetaria y los paradigmas que la sustenten.
En el caso de Iberoamérica, la definición y construcción de su identidad se caracteriza por multiplicidad de poblamientos tanto en la península Ibérica como en América, que, a través de encuentros y desencuentros, producen una filiación singular.
La consolidación de la lengua española en la extensión del territorio generó la posibilidad de la comunicación entre comunidades que antes se desconocían, o apenas se entreveían. Y junto con estos intercambios, permitió y permite la construcción en común de una cultura, que supera los límites de la península ibérica, y que hoy vemos con satisfacción, pujante y abierta al mundo.
Debemos destacar un proceso similar con la lengua portuguesa, que provee a nuestra región una pluralidad que amplió su identidad. Las perspectivas actuales de enseñanza extendida de ambas lenguas, incluyéndolas en la educación básica, abren nuevos horizontes culturales, hasta ahora apenas imaginados.
Por ello podemos, en cuanto iberoamericanos, reconocernos integrantes de una ecúmene que, definida por la unidad en la diversidad, nos impulsa a ordenar nuestras potencialidades de manera tal que sea posible constituirnos como sujetos de diálogo, protagonistas de un encuentro entre diferentes.
Es que la cuestión de las formas de protagonismo que advienen, y, consecuentemente, de los sujetos históricos que han de ejercitarlo, adquiere en estos tiempos una relevancia especial.
Estoy convencido que entre todos los retos que enfrenta la sociedad global en su conjunto, uno de los más acuciantes está vinculado a cómo las identidades diversas que manifiestan la condición humana, han de encontrar un espacio y modo de desenvolvimiento armónico. Para decirlo en los lúcidos términos en que lo expresara Alain Touraine, la pregunta más dramática que se cierne sobre la humanidad es: ¿podremos vivir juntos?. La pregunta por la convivencia, es decir, por la forma en que han de integrarse las sociedades es, por tanto, la pregunta por la cultura.
Sugiero enderezar nuestra reflexión acerca de los modelos que comienzan a proponerse como modos de construcción de la sociedad global. Es cierto que sus difusos contornos impiden presentarlos con características de inalienables. Y, en algún sentido, tampoco puede afirmarse que la preeminencia de uno desplaza necesariamente al otro. Lo cierto es que pueden prefigurarse diversos cursos para el proceso de edificación del mundo uno.
Abusando del reduccionismo, podríamos decir que entre las grandes tendencias acerca de la conformación de esa sociedad planetaria se destacan aquellas que tienen que ver con la necesidad de encontrar y poner en acto una ética universal de mínimos que legitime una norma común; elaborada a partir de consensos, que garantice el respeto mutuo, el sostenimiento y preservación de las singularidades. Esta última es una tarea que emerge de una voluntad de relación entre sujetos colectivos que requiere por lo demás de un ejercicio continuo, permanente.
Cualquiera sea el sendero elegido, puede afirmarse que la experiencia cultural constituye el modo insustituible de relación, en especial cuando se pretende que ésta sea expresión de mutuo respeto.
La lengua componente basal de la cultura adquiere a la vez que desarrolla su aptitud comunicativa, potencialidades de constituyente de identidad. Es por ello que la temática del lenguaje no puede tratarse desvinculada de la trama cultural que lo contiene, pues aún en su faz comunicativa condicionan la determinación de los patrones de significado.
De allí que el tratamiento de las cuestiones de la lengua conlleve necesariamente a las cuestiones identitarias, y dentro de éstas muy especialmente por el tema que nos convoca a aquella que nos señala que no hay identidad sin vínculo. Es decir, la identidad no es sólo un gesto de autonomía sino que implica necesariamente alteridad, vínculo con lo otro. En palabras de Manuel Castells: quién y para quien se construya la identidad colectiva, determina su sentido simbólico y su sentido para quienes se identifican con ella o se colocan fuera de ella.
Considerando los retos que habíamos identificado como prioritarios, es en este punto donde se presenta la cuestión que reclama mayor atención: la Lengua, en cuanto inevitablemente vínculo, ha de concluir en un ejercicio de dominación o de diálogo.
La voluntad de acentuar la característica dialogante o instrumento de relación de la Lengua, requiere de una decisión política, de una opción montada en un esfuerzo consecuente por afirmar su condición vinculante en desmedro de sus posibilidades como instrumento de sumisión.
Colocar a las lenguas como herramienta del consenso creativo, representará sin duda un avance notorio hacia el desarrollo de oportunidades de convivencia es decir, más ligadas al respeto mutuo que al imperio de la fuerza en la definición del tipo de relación entre las personas y entre los sujetos colectivos.
Pero esa posibilidad de avance, está íntimamente ligada a la capacidad de resignificar, es decir, otorgar nuevos sentidos a los significantes establecidos. Se trata de la aptitud para transformar el mismo idioma que en algún momento ofició de instrumento de sometimiento, en una acreencia facilitadora del entendimiento, de la empresa común.
Desde Iberoamérica, a la que ya hemos reconocido como una en lo diverso, aspiramos a que la afirmación y desarrollo de las lenguas que la estructuran y le facilitan su presencia en el escenario planetario, no signifique la anulación de aquellas otras que manifiestan aun en su acotada vigencia modos no menos propios de transitar la historia.
Estos son, algunos de los principales desafíos que hoy tienen las Lenguas. Confiando en el poder creativo y sobretodo dignificante del diálogo, deseamos ponerlos en cuestión en esta mesa, someterlos a la consideración de visiones seguramente diversas pero de intencionalidad concurrente: construir un mundo uno, un espacio común para el desarrollo de todas las potencialidades, sin recurrir al cercenamiento de los modos propios e inalienables, sino por el contrario a partir de la valoración de las diferencias creativas.
Nos moviliza el convencimiento acerca del poder de creación y alumbramiento de la palabra, su aptitud para velar y descubrir, su capacidad para producir la realidad. Sin desconocer que, como advirtiera con fuerza y gracia el poeta Leopoldo Marechal, el nominar requiere de una especial prudencia, pues ...al recibir un nombre, se recibe un destino....
La OEI, Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura, convoca con los otros organismos que me precedieron en el uso de la palabra a este diálogo de culturas en la convicción de que con el mismo estamos reafirmando un método, consolidando un camino para que el mundo todo se construya a través de nuestro principal patrimonio: la diversidad cultural, la diversidad creativa.
Gracias a todos por sumarse a esta tarea.
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